Durante el mes de diciembre 2012, las conversaciones más frecuentes, socialmente hablando, fueron alrededor de un posible fin de la existencia humana. Un fin del planeta dicen otros.
Al parecer, desde hace muchos años, los seres humanos hemos pensado en situaciones catastróficas y dolorosas, ante la falta de fe en Dios, y la incertidumbre de la vida. Esto nos ha llevado a explicarnos el futuro carente de amor. Es decir, no hemos aceptado a Dios como único señor de las naciones y la vida. La primera de las profecías del fin del mundo que falló fue la dicha por el papa Clemente I quien había predicho que el mundo conocería su fin en el año noventa. En el año 365 el obispo Hilario de Poitiers, dijo que ese año era el marcado como el del fin de los tiempos. El obispo, San Martín de Tours, pronosticó que el fin del mundo llegaría en el año 400. Así sucesivamente, nacen, crecen y mueren las ideas del fin del mundo.
Hoy día, se habla de colores, luces, aromas, cambios, astros, madre tierra, nuevas relaciones, armonía, paz, pensamiento positivo, solidaridad, amuletos, prendas, movimientos corporales, inciensos, vestuarios ancestrales, tributos a los elementos de la vida, entre otras expresiones vacías y hasta oportunistas. Mismas que, más que inteligentes parecen muy pegadas a un pasado ignorante.
Creo firmemente que los fines, los cambios y las nuevas eras, están en nosotros mismos, están en nuestra mente, en nuestro corazón, en nuestros sentimientos, en nuestro ser. En nuestro comportamiento con las demás personas, con nuestro prójimo. La pregunta obligada será ¿qué cambio podrá haber fuera del corazón humano? La respuesta obligada es, ninguno.
El cambio que se necesita es un cambio personal. Cambiar la envidia, el odio, el egoísmo, la arrogancia, los abusos de poder, la codicia, la indiferencia, las obsesiones, la ausencia de solidaridad. Lo que debemos cambiar es nuestro actuar, nuestra forma de comportarnos en la vida y con los demás. El chisme, la negación al derecho al trabajo de quienes no piensan como nosotras, la destrucción de la individualidad y de la dignidad humana, la violación a los derechos de las demás personas con quienes compartimos la sociedad, el irrespeto a la libertad de pensamiento, la violación a las leyes, a las reglas del contrato social. El manoseo en la simbología social, histórica y religiosa, eso debemos cambiar.
La creencia que nuestro dinero excesivo, de origen corrupto y explotador será eterno y lo llevaremos cuando muramos. Situación que será indispensable y todos tenemos que llegar. Ya hemos visto a hombres y mujeres poderosos, famosos, insustituibles política y económicamente, que mueren como todos, igual que todos. Y, su poder, ¿dónde está? Esto es lo que debemos cambiar, no son los astros, la tierra, el aire, el agua, el fuego, los volcanes, o los lenguajes, los que van a cambiar. Somos nosotros aquí y ahora. El autor es Sociólogo
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