El libro póstumo de Carlos Fuentes, Federico en su balcón , es de una gran riqueza imaginativa y conceptual. Su lectura abre múltiples caminos a partir de lo que expresa el escritor y de lo que percibe el lector. Lo dicho tiene siempre un destinatario que no es un receptor pasivo, sino que participa de su creación a partir de la propia interpretación que necesariamente realiza. Sergio Ramírez, que escribe el texto de la contra carátula del libro, señala que es “un autorretrato hablado donde el narrador se multiplica en sus personajes, creando la contradicción espiritual y filosófica que siempre halló en su alma, una dialéctica que abre interrogaciones sin intentar respuestas determinantes”.
El propio Carlos Fuentes se pregunta y nos pregunta, “¿Mi propia historia? ¿Qué quieres decir? Que debes buscarte a ti mismo en cada historia de este libro”.
Son múltiples, pues, las posibilidades interpretativas de la obra: la de muchas historias y un lector que se sitúa en cada una de ellas; la de muchos lectores en una sola historia; la de muchos lectores en muchas historias. En lo que a mí respecta, entre la pluralidad de sugerencias que derivan del libro, se fue imponiendo paulatinamente aquella que sitúa a los personajes en un marco histórico-político, y en las principales categorías de la filosofía de Nietzsche que se realizan sucesiva o simultáneamente en ese contexto que nos presenta la realidad descrita.
Me explico: hay una revolución; esta tiene sus líderes; entre ellos hay identidades diferentes; esas diferencias llevan a uno al suicidio con la ayuda de su amante, con el objeto de morir en el momento en que la revolución debe iniciar su tarea de gobernar y ejercer el poder. De esta manera, el líder muerto queda como el líder máximo, preservado de la contaminación producida por el abuso, la corrupción y las deformaciones que conlleva el ejercicio del poder. Los demás dirigentes coexisten, pero teniendo siempre presente la posibilidad de eliminar al otro que hace sombra o que interpreta de manera diferente el sentido de la revolución.
En ese contexto pueden situarse los principales referentes filosóficos de Nietzsche: la muerte de Dios; el eterno retorno; la voluntad de poder; y el superhombre.
La muerte de Dios que Nietzsche declaró, me parece que en el texto de Fuentes es una consecuencia del poder total que lo sustituye en la conciencia y actuación de quien al ejercerlo, se cree investido de potestades absolutas y perpetuas. Es la sustitución del poder de Dios por el del tirano, a consecuencia de la deformación que este sufre como resultado de su ejercicio.
Ahí se reafirma también la teoría del superhombre, el que, en este caso, no sería otro que quien ejerce el poder absoluto a nombre del pueblo, o más bien, que el pueblo ejerce el poder absoluto a través de él, pues él es el pueblo y el pueblo es él, en una simbiosis indiferenciada e indisoluble.
El eterno retorno es la vuelta al principio, la repetición de los mismos excesos y abusos que hicieron posible la lucha por el cambio, en cuyo proceso se forjaron los héroes y los ideales que animaron la acción que permitió derribar al tirano Solibor, para luego comenzar a construir un poder semejante al que se derrocó y a repetir de nuevo las mismas conductas y el mismo sistema que debía sustituirse. Es la bicicleta estacionaria cuya rueda gira pero no avanza y cuyo movimiento circular hace que lo que pasó regrese, haciendo del futuro el pasado que retorna.
Así vemos que vuelven diferentes personas con diferentes nombres, pero que encarnan siempre las mismas actitudes asumidas en otros momentos por otras personas. Saúl Mendés-Renania encarna al héroe que no quiere ejercer el poder que deforma, sino que desea que su nombre permanezca inmaculado como líder máximo de la revolución, y para ello piensa en el suicidio ante cuya incertidumbre es ayudado por su amante, María Águila, antigua Sor Consolata. Los hermanos Dante y Leonardo Loredano, enfrentados por cosas de familia, comparten, no obstante puntos de vista sobre la revolución. Aarón Azar, que disputa el liderazgo con Dante después de la desaparición de Saúl, y que considera perjudicial para el proceso revolucionario la existencia de dos líderes, pues la realidad política exige el líder único. Por ello, a nombre del pueblo y favorecido circunstancialmente por la correlación de fuerzas, manda a fusilar a Dante, para luego caer él en desgracia ante Leonardo, hermano del fusilado, y de Andrea del Sargo, Jefe de las fuerzas armadas.
La voluntad de poder, permanece como la constante necesaria que rige la práctica y la historia de las revoluciones. Los referentes de la filosofía de Nietzsche aparecen así encarnados en la realidad de la lucha por el poder, ocurrida entre los diálogos del filósofo desde el balcón de su hotel.
Federico en su balcón tiene muchas otras lecturas posibles que se derivan tanto del texto como de la perspectiva de quien lee. Los paradigmas de la filosofía de Nietzsche que aquí hemos mencionado brevemente desde el punto de vista de la lucha política que nos describe el escritor, podemos encontrarlos también desde otras realidades y otras perspectivas: el amor, la pasión, el sexo, los conflictos familiares, las luchas entre el amor y el odio y la coexistencia amor-odio en un mismo sujeto, tanto en su vida personal como en su vida política.
Podemos encontrarlos en las razones y pasiones de Gala, Dorian, Madame Mere, Elisa, María Águila (Sor Consolata), entre otros personajes, pero también de los líderes y hermanos, Dante y Leonardo, en su vida familiar. Igualmente en las coincidencias y contradicciones de Saúl y Aarón, pueden encontrarse, junto a las otras, referencias de la filosofía de Nietzsche, como plataforma existencial que resulta de la vida privada y pública, la ética y la política, el individuo y la masa.
En esta novela, que es más una obra de teatro en la que la realidad se expresa en un diálogo filosófico, Nietzsche regresa por un tiempo corto a su balcón y regresa luego a la nada para volver de nuevo al balcón, y así indefinidamente en su personal eterno retorno. No obstante, al final del libro, Nietzsche que debe retornar a su muerte dice: “¡Gracias, mi amigo! ¡Federico ha muerto! Lo dice Dios. ¡Gracias!”
En este final del libro pareciera que Carlos Fuentes anuncia el fin del eterno retorno, al reconocer Nietzsche su propia muerte en la palabra de Dios que la declara, pero podría considerarse también que Nietzsche reafirma de esa forma la continuidad de su eterno retorno, del que su muerte es parte del movimiento circular en el que lo que pasó regresa y la vuelta al balcón seguiría siendo posible.
A lo largo del libro pareciera que hay un mensaje subyacente que indica la recurrencia del ser humano entre la razón y la pasión, la verdad y el engaño, el bien y el mal, y que es en la política y en la búsqueda y conservación del poder en donde se manifiesta en forma más clara. No lo afirmamos, solo lo planteamos como una posibilidad entre las otras que la obra de Carlos Fuentes sugiere.
El autor es jurista, filósofo y escritor nicaragüense.
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