Mario Sandoval Aranda
A comienzo del siglo XX Nicaragua gozaba de un progreso nunca visto. Como visionario Zelaya sabía que el futuro de Nicaragua estaba en la construcción del Canal Interoceánico y por eso hizo gestiones con Alemania y Japón. Esto no gustó a Estados Unidos que ofrecieron hacerlo en condiciones leoninas con derecho sobre el Canal a perpetuidad.
Estados Unidos se consolidaba como primera potencia mundial, aplicando la doctrina Monroe de América para los americanos y la diplomacia del dólar, del presidente Teodoro Roosevelt, que consistía en extender y asegurar los intereses de sus grandes compañías, y la Política del Gran Garrote. (Big Stick).
Dicen que Zelaya era antiimperialista. No es cierto, era nacionalista, no quería que nuestra soberanía fuera violada, como al fin lograron, por medio del ignominioso Tratado Chamorro-Bryan, que el presidente Anastasio Somoza Debayle logró derogar en 1972.
Por las ambiciones del general Emiliano Chamorro, con un empleado de las minas que hablaba inglés, y Adolfo Díaz Recinos, lograron por medio del cónsul americano Thomas Momfat conseguir 600 mil dólares y 50 mil del presidente de Guatemala, Manuel Estrada Cabrera, y que el general Juan José Estrada, jefe civil y militar de la Costa Atlántica, traicionara a su presidente, que lo quería como hijo, a su patria y al partido liberal, proclamándose presidente de la nueva república que llamaron Atlántida el 10 de octubre de 1909. Ya derrotados surgió un hecho que cambió la historia de Nicaragua, para su mal: dos norteamericanos, Lee Roy Cannon y Leonard Groce, no pudieron dinamitar el vapor El Diamante con 500 soldados por la pericia del capitán que esquivó las explosiones, siendo capturados, juzgados conforme nuestras leyes, y sentenciados a muerte como criminales de guerra y genocidas, siendo ejecutados para cumplir la ley.
Esto fue pretexto para que Philander Case Knox, secretario de Estado, por medio de la Nota Knox le comunicara al presidente Zelaya, que renunciara de lo contrario invadirían Nicaragua, para capturarlo y procesarlo por el fusilamiento de los terroristas mencionados.
Zelaya, para evitar la invasión y masacre del pueblo, cosa que hicieron después, en El Coyotepe, renunció el 16 de diciembre de 1909, nombrando el Congreso presidente al doctor José Madriz Rodríguez, un probo civilista, quien por presiones también renunció nombrando al traidor Estrada, al que pocos meses después obligaron igualmente a renunciar, tomando el poder absoluto los conservadores y nombrando presidente a Adolfo Díaz.
Así cayó el Partido Liberal del poder, el presidente Taft de Estados Unidos dijo que Zelaya era un borrón en Nicaragua. Borrón fue él, que nadie lo recuerda. En cambio cada día Zelaya se agiganta en la conciencia de nuevas generaciones, como el reformador de la Nicaragua arcaica del siglo XIX.
El autor es periodista colegiado y miembro del Centro Nicaragüense de Escritores.