Eduardo Enríquez

Para esto sirve la institucionalidad

“Somos de la muerte” dice un dicho. “Nadie tiene comprada la vida” dice otro. Desde hace más de 20 siglos los romanos lo resumían en dos palabras “memento mori” , recuerda que morirás. O de manera un poco más amplia los mismos romanos usaban otra frase: “Sic transit gloria mundi” , así pasa la gloria del mundo.

A ningún ser humano se le debe desear la muerte, mucho menos el tormento de saberla cercana. Sin embargo es una realidad que debemos tener en cuenta tanto en la vida personal como en la sociedad. Cuando todo depende de una persona, ya sea en la familia o en la sociedad, su segura desaparición física tarde o temprano trae consigo no solo la tristeza de quienes quieren y respetan a esa persona sino la debacle de la forma de vida.

En las familias, aunque la tristeza que causa la pérdida de un ser querido no lo alivia nada, la gente toma medidas para proteger al menos su forma de vida: ahorra, compra seguros de vida, compra propiedades, pone negocios en tiempos de vacas gordas, etc.

Las sociedades tienen un mecanismo que les garantiza la continuidad de su forma de vida. Ese mecanismo se llama institucionalidad, que es el conjunto de normas y leyes que dictan la manera en que se hacen las cosas en una sociedad y a la que todos sus integrantes deben someterse. Para que esa institucionalidad sea duradera debe contar con el consentimiento de al menos la mayoría de los ciudadanos pero debe ser diseñada de tal manera que garantice los derechos y las oportunidades de los sectores minoritarios. Así se asegura que el andamiaje no se vendrá abajo cuando el descontento de un sector llega al punto de estallar como una olla de presión sin válvula de escape.

En estos días en que por sus propias palabras el estado de salud del presidente de Venezuela Hugo Chávez ha entrado en una etapa cuyo pronóstico, en el mejor de los casos, es reservado, vemos cómo a sus simpatizantes, aliados y amigos les invade la tristeza, pero también vemos la angustia y desesperación de quienes han optado por depender de la voluntad de un solo hombre y no de un cuerpo de leyes que toda la sociedad acepta.

Como todo se decide por la voluntad, las ideas, los caprichos o gustos de una persona, su desaparición física plantea incertidumbre ya que todo el sistema depende de quien ya no estará más. Pero no solo en Venezuela sino que también en Cuba —donde paradójicamente hasta los militares del régimen comunista y ateo, se acuerdan ahora de Dios para pedirle no se lleve a su benefactor—. En menor grado la aflicción se ve también acá en Nicaragua.

Es cierto que todos los que hoy aparecen en jornadas de oración pueden estar tristes porque le tienen cariño a Chávez, pero también oran porque saben que no hay nada que garantice que el sistema unipersonal y los beneficios que ellos reciben puede continuar con el nuevo líder que asumiría en caso de que el presidente venezolano llegue a fallecer.

La duda surge precisamente porque la sociedad venezolana no ha aprobado al chavismo. Es cierto que lo ha aprobado la mayoría, pero hay una minoría significativa que más bien ha sido avasallada y que quiere que las cosas cambien radicalmente. Además, el “chavismo”, que no es una doctrina sino un sistema que se sostiene por regalías tanto dentro como fuera de Venezuela, es monolítico en tanto Chávez esté vivo.

De ocurrir su desaparición es difícil prever cómo reaccionarán los distintos sectores que lo componen, principalmente los dos bloques más importantes: los socialista cercanos a Cuba que por el momento parecen tener la sartén por el mango, o los militares que sin duda tienen sus propias ambiciones y a quienes no les agrada estar sometidos a los designios de los “asesores” cubanos.

Esas incertidumbres son las que desaparecen cuando la sociedad cuenta con una sólida institucionalidad democrática.

Recuerdo lo que me dijo un profesor universitario en los años ochenta subrayando la importancia de la institucionalidad. Me contó que días después del asesinato del presidente John F. Kennedy un amigo extranjero le dijo: “Lo que ha pasado es terrible, les mataron a su presidente” y aunque él estaba consternado por el suceso, le contestó “nuestro presidente no está muerto, nuestro presidente es Lyndon B. Johnson”. Los norteamericanos estaban tristes por la muerte de Kennedy, pero a nadie se le ocurría que el sistema peligraba.

Columna del día Opinión
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