Moisés Absalón Pastora

Volvamos a nacer

Este 12 de diciembre abro a las familias de buena voluntad el más grande Nacimiento hogareño de Nicaragua que en este 2012 arriba a su mayoría de edad; 21 años de tradición compartida con miles y miles de personas que concurren a mi residencia para dar gracias al Creador por el mejor regalo que dio a la humanidad: el Niño Dios.

El Nacimiento es una tradición familiar extendida a lo largo de cinco generaciones en los Pastora, de las cuales soy el primero de la última y que la continuamos en Nicaragua, en Estados Unidos y Canadá, aunque en lo que a mí respecta, además de tradición es un pacto con Jesús de Nazaret por un milagro concedido y multiplicado a lo largo de mi vida.

El Nacimiento que realizo es una obra de arte que trata de refrescar lo que hace 2,012 años sucedió en Belén, una humilde aldea de Nazaret. Lo hago a través de cuarentas escenarios, más de setecientas piezas, un centenar de fuentes lumínicas y una musicalización que simplemente es un vehículo que transporta a la nochebuena.

Habiendo expresado lo anterior lo que realmente quiero advertir es sobre la obra del Nacimiento de Dios en cada uno de los nicaragüenses. Nuestra nacionalidad reclama que en nuestro yo surja el milagro de una nueva vida para enfrentar los retos del futuro confiriéndonos un espíritu de franqueza, convivencia y tolerancia que permita entender que la única patria que tenemos es esta y que es de todos y no es de nadie en particular.

Tengo la convicción que tenemos que pulsar “delete” sobre nuestro pasado y las distancias que nos han separado y si no es ahora seguramente nunca será. Pongo sobre la mesa esta reflexión porque la temporada la hace propicia y porque estamos a punto de alcanzar la Navidad y un año nuevo que supone ser menos tensionado y en el que se proyectan cambios que esperamos sean más efectivos que cosméticos.

La Nicaragua de hoy sufre por las culpas de todos. Hay quienes sostienen que prevalecen escalas en las responsabilidades de unos y otros, pero todos tenemos nuestra cuota y por muy pequeña que sea nos llevó hacia donde estamos. Este país requiere entonces una visión humana y profundamente cristiana de su futuro.

Los nicaragüenses no podemos seguir sangrando las heridas que nos hemos abierto. No podemos seguir suicidándonos por orgullos y posiciones políticas e ideológicas que finalmente no tienen fronteras pues en la práctica no sabemos quién es de derecha o de izquierda en una sociedad que desde el punto de vista político es anárquica desde arriba y desde abajo.

Por ello creo que debemos plantearnos volver a nacer y dibujar un nuevo punto de partida para que el Gobierno se abra a la inclusión, al respeto de la voluntad popular y al fortalecimiento institucional y la “oposición” se construya de la nada para tejer propuestas que encanten y a la vez deje a un lado el pernicioso rol del “don me opongo” que hasta ahora sigue tristemente jugando.

Todos podemos cambiar porque a través de los tiempos todo cambia y lo primero que debe transformarse es nuestro corazón para que en esta temporada pensemos que el perdón es alivio que libera y nos hace grandes en la humildad para comenzar a servir a una nación de la que hasta ahora solo nos hemos servido.

No perdamos de vista que si sembramos odio como hasta hoy, eso seguirá siendo nuestra cosecha. Pensemos en una nueva semilla y entonces todo será diferente: sembremos fraternidad. El autor es periodista.

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