Joaquín Absalón Pastora
Blanca Castellón abrió la boca —y zaz— se hizo la luz de la poesía. Ocurrió la noche del 30 de noviembre en el Instituto de Cultura Hispánica.
El tema bajó y subió para producir la cavilación en lo que según las palabras de René González nos pusieron a reflexionar “sobre nuestra propia condición como individuos, como cultura, como sociedad”. Contribuyó a unir los colores del verso y los de la pintura en la sesión que puso a volar las alas visuales y auditivas, fusión de exposición pictórica y lectura de poemas. María Fonseca de Lacayo, “deshilando el tiempo” con sus cuadros en lo que María Dolores Torres definió “la pintura como vocación y el laborioso oficio de pintar”.
Aprovecho la coyuntura para revivir conceptos sobre una de las exponentes de la recreación e ilustración cultural: Blanca Castellón a la que aludo, atento a la evolución del verso femenino nicaragüense por el que ha transitado en el caleidoscopio del tiempo que no podemos ver ni tocar porque siguiendo los patrones metafísicos de Alfonso Cortés y Justo Sierra “es mariposa invisible que vuela alrededor del Sol”, deshilándolo el pincel de la pintora y cantándolo la voz de la poeta. Empero en el lapso se hizo el dúo que trataba de sacar esencia del fantasma.
El numen de la mujer emitiendo florilegios, antologías cargadas de elite estética. La diversidad de los tiempos expuestos con el candor breve de darle soltura a la meta de estar contentos con el oído en puntillas y los ojos bien abiertos, no se diluyó.
Los versos, originalmente cortados y cantados, llenaron de honor la frase de Pablo Antonio Cuadra: “La poesía femenina en Nicaragua sigue en primavera incesante”.
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