“Llegada la plenitud de los tiempos envió Dios al mundo a su Hijo nacido de Mujer” (Gál. 4,4-5).
La Iglesia católica nicaragüense inició el pasado 28 de noviembre oficialmente el novenario a María Santísima en su advocación de la Inmaculada Concepción de María, patrona de nuestra patria. Miles de nicaragüenses esperamos esta fecha a lo largo del año como un momento de descanso en el Espíritu de Dios que sondea todos los rincones del universo. Un momento en el que elevamos nuestra mirada a lo alto y decimos como María en el día de la visita a su prima Isabel: “El Señor ha hecho en mí maravillas”.
Es pues la celebración de la Purísima una oportunidad para encontrarnos con el Dios de la vida que antes de enviar al mundo a Jesucristo, el Señor de la historia, le preparó una morada digna en el seno materno de la Virgen de Nazaret: una Mujer de fe, silencio y escucha.
“Llegada la plenitud de los tiempos”, como reza el texto de Gálatas, decidió Dios preparar esa morada y tuvo que hacerlo rompiendo las cadenas que por siglos habían cargado los seres humanos: la cadena del pecado original; aquella que había caído como sentencia sobre las vidas de Adán y Eva en el jardín del Edén, cuando la Mujer que Dios había dado al hombre como esposa, dijo un “No” a Su voluntad.
En el silencio de un segundo desconocido y cuando se acercaba la plenitud de los tiempos, Dios intervino en nuestra historia y quiso que el instante de la concepción de María en el seno de Santa Ana, su madre, fuera inmaculado. No conoció las tinieblas del enemigo la llama de amor que colocó Dios en la existencia de esa nueva criatura, que viviría solo para cumplir su santa y eterna voluntad.
Un corazón humilde y puro empezó a latir en el silencio de la vida, en donde no hizo falta expresar palabras, pues ahí bastaron los suspiros, el deseo inmenso de pertenecerle al amor que no es amado. María fue inmaculada desde el momento de su concepción.
Es por eso que los nicaragüenses anualmente cantamos dulces himnos a la mujer vencedora del fiero dragón, a la que han y siguen llamando “Bienaventurada todas las generaciones” (1,28), a la “Llena de Gracia” (Lc. 1,41), a la que Dios en los momentos difíciles de la historia “Dio alas de águila para que volara al desierto que le tenía preparado” (Apo. 12,14), y ante todo a la mujer a la cual el dragón sigue persiguiendo (Apo. 12, 17).
Iniciar el novenario a la Inmaculada es comprometernos con nuestra misión de dar a conocer a todos el evangelio de la vida, más en este tiempo en el que el aborto se ha convertido en una decisión y no en la aceptación de la vida como don que Dios coloca en los vientres maternos, los cuales han sido llamados a ser jardines fecundos y no grises cementerios.
Es tiempo además de rogar por nuestra patria para que la noche oscura que aterroriza el caminar de nuestra historia sea iluminada con la llegada del Enmanuel a nuestras vidas, gracias al “Sí” eterno que un día dio María en la serenidad de una tarde en Nazaret. ¡Ah! y es de Ella esta nación.
El autor es estudiante de Comunicación Social.
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