Una largamente gestada tragicomedia alcanzó su sombrío colofón el recién pasado 4 de noviembre. El aciago final tuvo lugar frente a los impotentes, apesadumbrados, ojos de cerca del 70 por ciento de los ciudadanos nicaragüenses, víctimas, una vez más, de la conculcación del sagrado derecho de elegir a sus autoridades. Tres características novedosas, que lo diferencian de los anteriores, a mi juicio tuvo el nuevo fraude: la gigantesca abstención con la que la población puso de manifiesto su repudio a las nauseabundas maniobras del orteguismo; los brotes de violencia en los que, hombro a hombro con sus líderes locales, se han visto involucrados algunos ciudadanos que, con entereza, han decidido defender su derecho a elegir; y la amenazante presencia y abusiva actuación de miembros de la Policía y —ominosa señal del rumbo por el que Ortega, si pudiera, nos conduciría— del Ejército nacional. Ojalá este y sus mandos no se dejen convertir, mansamente, en una nueva guardia pretoriana, con las mismas o parecidas e inevitables trágicas secuelas del no tan lejano pasado.
Desde luego, los acontecimientos que nos ocupan han dejado algunas lecciones. Acaso la más importante: se ha evidenciado, con meridiana claridad, lo impostergable, lo imperioso, de la necesidad de unir a todas las fuerzas dispersas que sientan cariño por la Patria; aquellas a las que no guíen enfermizas obsesiones de largamente codiciadas riquezas, o angustiosamente anhelados poder, posiciones, y protagonismo; las mismas que ansíen sacar a Nicaragua de la absurda, injustificable, miseria material y moral en la que la han sumido; fuerzas, en fin, para las que carezca de sentido el enfrascarse en mezquinas disputas y mutuas recriminaciones que solo hacen feliz al enemigo común.
Para alcanzar esta unión, y que ella sea efectiva, sus integrantes necesariamente habrían de coincidir en que, el primer paso en el largo camino para dar a luz la auténtica república que nunca hemos conocido, es el derrumbe de la inescrupulosa dictadura nepótica Ortega-Murillo. Esto es, la caída del arrogante reinado del irrespeto a la dignidad de los nicaragüenses, a quienes se pretende convertir en degradados mendigos que supliquen, como favores, lo que podrían exigir como derechos indiscutibles; en seres que, sin indignarse, contemplen tan insolentes como numerosos atropellos a instituciones y leyes; y que acepten, doblegados, al parecer insaciable corrupción y la absoluta ineptitud que, ignorante de las virtudes del trabajo y el estudio productivos, inteligentes y enaltecedores, tiene que recurrir a la dádiva obtenida mediante genuflexiones ante mandamases de otros países. Dádiva cuyas migajas se usan para tratar de embrutecer y privar de autoestima al pueblo nicaragüense.
Las fuerzas patrióticas a las que me he estado refiriendo, de que ellas existen estoy seguro, habrá de unirse. Cuanto antes. Y esa unión no sería “la unidad de la oposición”, como erradamente y con harta frecuencia se la denomina. Pues la auténtica fuerza opositora, la única oposición existente en Nicaragua, es aquella que, encabezada por la familia Ortega-Murillo y su servidumbre, se opone tenazmente, con todo su tenebroso poderío, al avance ético, moral, material e intelectual de nuestro país. Es esa la despiadada, pútrida, oposición, sus cimientos construidos a base de una vergonzosa, pero frágil, mezcla de corrupción, impunidad, taimado populismo, y rastrera sumisión. A ella tenemos que derrotar. Por el bien de Nicaragua.
El autor es presidente del Partido Acción Ciudadana.
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