Juan Vega Gonzales (*)
La liberalización financiera de la última década permitió a las instituciones bancarias internacionales multiplicar por diez los montos de crédito que tradicionalmente manejaban.
Mientras la economía iba bien se daban más créditos y con más dinero los precios seguían subiendo y las personas se endeudaban más para comprar cosas, dando en garantía sus casas en una espiral cada vez mayor de deuda —consumo— deuda.
Los bancos “empaquetaban” (juntaban varios de sus créditos de vivienda en instrumentos derivados de esas deudas), los vendían a inversionistas (fondos de inversión que manejaban dinero de la jubilación de millones de personas) y volvían a prestar dinero a más personas.
Cuando las personas llegaron a niveles de endeudamiento que ya no podían seguir pagando, se disparó la crisis, arrastrando con ella la quiebra de varios bancos, aseguradoras, entre otras, elevando a niveles récord el desempleo y obligando a los gobiernos a salir al rescate.
Los gobiernos socializaron las pérdidas emitiendo deuda pública (salvatajes de bancos), que deberá ser pagada con dinero (impuestos) de los contribuyentes por generaciones.
El proceso permitió a los bancos generar colosales ganancias mientras el esquema pudo seguir funcionando. Los derivados de deuda (entre 600 y 1,200 trillones de dólares al 2010) representan entre 10 y 20 veces el producto mundial (60 trillones de dólares), lo que da idea de la magnitud del problema.
El problema de los salvatajes es que han generado déficit públicos crecientes en Estados Unidos y Europa, que a su vez necesitan cubrirse emitiendo más dinero, generando más presiones inflacionarias y devaluando cada vez más el valor de las monedas.
Como todos los países están en categoría de “sobre-endeuado”; difícilmente se podrá seguir emitiendo deuda para financiar los déficit; tampoco será fácil subir más los impuestos para cubrir los déficit que tienen, por el enorme desempleo existente (generaría un gran caos social).
Solo les queda a los gobiernos emitir más dinero para financiar sus déficit, lo que equivale a dar más alcohol a un alcohólico para mejorarlo. Parecería que el retorno de la crisis es inevitable.
Lo que ocurra con la pérdida del valor de la moneda afectará negativamente a la mayoría de las personas. Para mitigar los efectos de la crisis, precisamos despertar la consciencia pública sobre la importancia de masificar la educación financiera y empresarial como una herramienta real de autoprotección de la población. Amén.
(*)Director de PROMIFIN. [email protected]
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