El fallo de la Corte Internacional de Justicia ha sido para los colombianos un golpe tan duro que pasará mucho tiempo antes que puedan asimilarlo. Fijar infundadamente y por la fuerza de la armada colombiana el Meridiano 82, como frontera ficticia para encerrar a Nicaragua en una estrecha franja de su mar Caribe, ha sido removido finalmente. Nuestro país recupera lo que siempre fue suyo y que las arbitrariedades de la política nacional e internacional nos habían arrebatado. A partir de hoy tendremos una salida al mar profundo que seguramente redundará en mayores oportunidades de desarrollo.
Pero la verdadera dimensión de lo logrado también será difícil de digerir por los nicaragüenses, ya que desconocemos con precisión los retos de proteger y explotar una plataforma marítima de 200 millas náuticas. Aún así, es evidente que el fallo histórico de La Haya también se reflejará en el desarrollo de nuestras poblaciones costeras y el país en general. Hablar de la construcción de un puerto de aguas profundas en el Atlántico ha dejado de ser una quimera.
Aunque ahora muchos reclamarán la paternidad de la conquista, es el país entero el que ganó y sería una grosera mezquindad demandar el monopolio u omitir méritos de los demás en la victoria. Fue la revolución de 1979 la que declaró la nulidad del Tratado Bárcenas-Esguerra y originó una reclamación que mantuvieron rigurosamente todos los gobiernos de Nicaragua desde esa fecha y fue la cancillería nicaragüense con sus cancilleres, funcionarios encargados, comisiones, equipos técnicos y embajadores en Colombia y La Haya, quienes dieron la batalla día a día.
Desde siempre supimos que había más obstáculos que posibilidades para recuperar las islas de San Andrés y Providencia, pero no dejamos de exigir que nos las devolvieran porque no podíamos renunciar a lo que nos pertenece. Al mismo tiempo seguíamos reclamando nuestros derechos sobre la plataforma continental y la zona económica exclusiva. “Es la meta relevante”, nos repetíamos aún en los peores momentos.
Ahora tenemos que prepararnos para culminar este proceso hasta que los límites provisionales queden plenamente establecidos y reconocidos por la comunidad internacional. Pero también es importante desarrollar una política de acercamiento y hermandad con Colombia.
El presidente Juan Manuel Santos no puede decirles a los colombianos que perdieron el juicio y ganó Nicaragua porque sería un suicidio político, máxime en estos momentos de negociación crítica con las FARC. Pero todos sabemos que no hay vuelta de hoja: el fallo es inapelable.
Empecemos por reconocer como algo natural el dolor de la gente que nació creyendo equivocadamente que el mar usufructuado era propio y ayudémosle a superar el trauma con más comercio, intercambio y cooperación entre nuestros dos países. Al fin y al cabo fuimos nosotros los nicaragüenses los que propusimos a los colombianos que explotáramos en conjunto esas riquezas para no tener que batallar tantos años. Ahora demostremos grandeza de espíritu a pesar de nuestra pequeñez como nación y ojalá no caigamos en la trampa del lenguaje bélico y patriotero, que es la vieja y gastada receta de los jefes de estado para lograr apoyo de la población cuando se les empieza a derrumbar el edificio. El autor es académico y exembajador ante Colombia en dos oportunidades.