Desde que asumió la presidencia Daniel Ortega en el año 2006 se avizoraba una crisis que tuvo un intermedio con el fraude electoral del año 2008 con elecciones municipales y otro más con las elecciones presidenciales del 2011 dando prácticamente el tiro de gracia al Estado de Derecho en el 2012 con las elecciones municipales.
El sistema democrático vive una falta de gobernabilidad, irrespeto al Estado de Derecho, violaciones a la voluntad popular, así como una mutación constitucional en donde el poder gira entorno a la pareja presidencial.
El ejercicio del gobierno actual es un sistema donde la ley queda a un lado y se establecen prácticamente los designios en todas las instituciones del Estado de lo que establezca el presidente.
La independencia de poderes es inexistente, el Estado mantiene un discurso populista, mientras las brechas sociales cada vez son más marcadas y prácticamente casi todos los medios de comunicación repiten continuamente la propaganda del Gobierno al mejor estilo de las descripciones de George Orwell.
El árbitro electoral no presta ninguna garantía de confiabilidad, empezando que su período ya se venció igual que el de muchos funcionarios y mientras puedan mantener sus beneficios harán cualquier cosa por complacer al Gobierno.
Asimismo los líderes políticos actuales de la cúpula no están a la altura del desafío que se les encomendó como oposición. Todos tienen una pandemia de ansias de ser el dirigente, gobernante, diputado, magistrado o cualquier otro cargo público y terminan en el lugar que ocupa el Partido Liberal Constitucionalista como cómplice de un bochornoso pacto, que fue el génesis del irrespeto constitucional que se vive.
Actualmente se establece una recomposición efímera de los partidos de oposición, pero no cuentan con estrategia ni tampoco credibilidad, puesto que los ciudadanos están cansados del liderazgo tradicional y no existe la más mínima voluntad de un cambio, mientras el pueblo continúa poniendo la sangre para que estos caudillos mantengan sus mismas actitudes.
En definitiva se necesita una estrategia que incluya renovación, liderazgo, honestidad, credibilidad y se debe reformular el método de hacer política en Nicaragua .
No se puede seguir observando el clientelismo político, la atomización y divisiones entre partidos y el desarrollo de partidos satélites que juegan en el teatro electoral con un efecto de oportunismo y la complacencia de ciertos grupos económicos que trabajan por sus intereses financieros.
Se necesita integrar una especie de consejo de notables que no tengan la enfermedad de la presidentitis y otros cargos que ha llevado a Nicaragua a una debacle, y que dejen a un lado el fanatismo y la visión geocéntrica a una sola persona, para revalorizar la palabra unidad para que se convierta en una realidad y así con su conocimiento y sus valores sienten las bases de la unidad.
Hay que dejar de pensar que todos los que están dentro de un partido son una opción. Igualmente dejar de usar las artimañas del poder en Nicaragua como atomizar y despreciar al que no está en tu grupo, porque al final el pueblo los ve como el fantasma del conquistador opresor colonialista.
Hay que reconstituir el tejido social, trabajar puerta a puerta, desarrollar la educación, el agro, que es el mayor rubro nicaragüense, brindarle salud y devolverle la dignidad a los ciudadanos para volver a creer en los partidos políticos y trabajar de la mano con las diferentes organizaciones de la sociedad civil, cuya credibilidad ha venido en aumento en los últimos años.
De lo contrario Nicaragua seguirá como Sísifo, empujando la misma roca todos los días en un círculo interminable de dictaduras. El autor es abogado y director ejecutivo del Grupo Projusticia.
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