Armén Melik-Shakhnazarov
El 16 de diciembre de 2004 la Duma —así se denomina el parlamento ruso— aprobó las reformas a la Ley Federal sobre los Días de Gloria Marcial. Uno de los cambios consistió en el establecimiento del Día de la Unidad Nacional. La nota explicatoria para el proyecto de ley decía: “El 4 de noviembre de 1612 los combatientes de la milicia popular, bajo la dirección de Kuzmá Minin y Dmitri Pozharski, tomaron Kitay-Górod (barrio más viejo y céntrico de la capital rusa), liberando Moscú de la ocupación polaca y demostrando un ejemplo del heroísmo de todo el pueblo, sin distinción del origen, religión o condición social”. Más tarde, el 24 de diciembre del mismo año, la Duma aprobó las modificaciones al Código Laboral de la Federación de Rusia, de acuerdo a las cuales el Día de la Unidad Nacional fue proclamado feriado.
Para comprender el significado de aquella fecha para la historia de Rusia, hay que repasar brevemente los sucesos de aquel entonces. Los finales del siglo XV e inicios del XVI se conocen en la historiografía rusa como el Período Tumultuoso. Fue una época de profunda crisis política y social y, como suele suceder, las fuerzas externas se aprovecharon de la situación. A los graves problemas internos se añadió la guerra entre Rusia y Polonia.
Al final, los rusos unificaron sus esfuerzos, acabaron con la guerra y la desorganización y empezaron a levantar el país. Aquel triunfo fue de esencial importancia para el destino histórico de Rusia. El 4 de noviembre es el día de la resurrección de Rusia, que se levantó de la total ruina. La perspectiva de desaparecer como Estado fue muy real. Sin embargo, en 1612 las provincias rusas —gente de “tierra adentro”— salvaron al país.
Merece la pena reiterar que la situación era gravísima: la hambruna, la inestabilidad política y social, el bandidaje, la intervención extranjera Solo en 1917, a finales de la Primera Guerra Mundial, y en 1941, al inicio de la intervención nazi, la amenaza para la existencia del Estado y del pueblo mismo se acercó a aquellos niveles de peligrosidad. En 1612, sin ningún liderazgo consagrado, los rusos crearon la milicia popular y alcanzaron la victoria. Lejos de la capital, la gente decidió su propio destino y el destino de su país.
Aquellos eventos siempre fueron considerados de suma importancia. Prueba de ello es el monumento a Minin y Pozharski en la Plaza Roja de Moscú. El autor de la obra Iván Martos (1754-1835) grabó en la placa en la base de la escultura las siguientes palabras: “Al ciudadano Minin y a príncipe Pozharski de parte de la agradecida Rusia. 1818”.
Hace 400 años, la sociedad civil rusa fue capaz de organizarse para llevar a cabo la hazaña de defender la soberanía nacional. El monumento honra no solo el valor militar y el patriotismo, sino también la capacidad cívica del pueblo ruso para organizarse a la hora de preservar su libertad.
Se trataba de un movimiento auténticamente popular, una acción real de la sociedad civil. Y luego —y a consecuencia— de la liberación de Moscú surgió un Estado poderoso y autóctono, que llegó a ser una potencia mundial.
El autor es Primer Secretario de la Embajada de Rusia.
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