Álvaro Taboada Terán
Durante una conferencia de prensa en Washington, un periodista español (catalán), preguntó (fuera de contexto) al presidente Obama si Estados Unidos defendería militarmente la independencia de Cataluña. El presidente contestó: “España es una democracia aliada. El problema catalán es un tema español”. Pero la estrategia del independentismo catalán (que está lejos de ser unánime) intenta internacionalizarlo, presentar a una Cataluña víctima del resto de España, de la que durante 500 años ha sido y es parte integral.
Arturo Mas, presidente de la Generalitat, promete convocar un referendo separatista (exclusivamente catalán) y defenderlo “con todas las armas” (luego añadió “legales”). Un escritor catalán incita a “darle cuatro tiros” al rey Juan Carlos. Su mensaje incluye un vídeo con el rey ensangrentado. Tanto Mas como Jordi Pujol, otro propulsor del separatismo, han fracasado en lo internacional y admiten que una Cataluña independiente quedaría fuera de la Unión Europea. Y es que el citado referendo exclusivista es ilegal. El artículo 92 de la Constitución española establece: “Las decisiones políticas de especial trascendencia podrán ser sometidas a referéndum consultivo de todos los ciudadanos”. La Constitución española de 1978, producto de las Cortes de 1977 (en las que participaron desde diputados franquistas hasta radicales comunistas como “La Pasionaria”), es expresión soberana de todo el pueblo español. Solamente toda España podría decidir desprenderse de parte de su ser. No hay medias tintas.
Las garantías a las nacionalidades que integran a España, el respeto a sus lenguas y tradiciones, el uso de sus banderas (siempre junto a la de España), están cuidadosamente defendidas en una serie de artículos constitucionales: 2; 3, sección tercera; 4; 46, sección dos, etc. El capítulo III constitucional hace de España el Estado más descentralizado de Europa, organizado en municipios, provincias y comunidades autónomas. Estas tienen Asamblea Legislativa, Consejo de Gobierno (con un presidente electo por este) y Tribunal Superior de Justicia (Constitución, art. 152). Ser simultáneamente español y catalán no es contradictorio sino complementario.
Sin duda el tema catalán es complejísimo. Es asunto antiguo, pero la exacerbación separatista es uno de los resultados de la globalización que, curiosamente, ha multiplicado entre ciertas comunidades el deseo de reforzar su identidad, garantizada en España. Cataluña fue reino en la Europa medieval, al igual que decenas de otros, cuando no existía el Estado moderno (nacido a fines del siglo XV, inicios del XVI). No existían, como Estados nacionales, ni España, ni Francia, y menos todavía Alemania, ninguna de las cuales nacieron “por consenso de sus componentes”, aunque quienes desean deslegitimar la unidad-diversidad de España alegan que esta se formó (como si fuera caso especial), sin “consenso original”. ¿Lo hubo en Italia, o en la Alemania unificada bajo la autoridad prusiana? En todo caso, aquellas formas de unificación en nada asemejan al entramado político-económico democrático que fundamentan la unidad-diversidad de países como España, Italia, etc., unidad que protege el futuro de sus comunidades en un mundo enrumbado a la Constitución de unidades político-económicas cada vez mayores.
La Constitución española establece el principio de solidaridad: Las comunidades más prósperas contribuyen más al desarrollo nacional y este es uno de los reclamos separatistas, porque Cataluña (más próspera) contribuye más. Pero, ¿cuánto beneficia a Cataluña el comercio y la unión con el resto de sus hermanos ibéricos? (Además el 33 por ciento de la deuda española corresponde a Cataluña, que ha solicitado urgentísimamente auxilio a Madrid). ¿Merece apoyo el separatismo, siendo un fantasma que hoy ronda, a veces trágicamente, por toda la geografía mundial?
El autor es politólogo.