El primer paso para curar una enfermedad es tomar conciencia de su gravedad; percatarnos que sufrimos una alarmante falta de moralidad y que vivimos en una sociedad donde se miente, engaña y roba con facilidad; donde valen poco los compromisos o la palabra empeñada, donde campea la irresponsabilidad, se prostituyen los comportamientos, se finge y trampea. Muchos opinan que antes había más decencia en la administración de justicia, mayor honradez y profesionalismo en las relaciones de trabajo, más aprecio por la honra y vergüenza ante el delito. Exactas o no dichas apreciaciones, difícilmente encontraremos quienes crean que gozamos de buena salud moral.
Un segundo paso es concienciarnos sobre los costos del problema. ¿Alguien ha calculado el daño social, laboral y nacional que causan trabajadores o propietarios deshonestos; el daño que sobreviene cuando el robo es culturalmente aceptado y ladrones conquistan posiciones de influencia? ¿O cómo la falta de moralidad empobrece nuestras relaciones interpersonales al fomentar la desconfianza y los caparazones defensivos? ¿O cómo las conductas irresponsables a nivel familiar desintegran hogares y condenan a miserias materiales y emocionales a millares de inocentes?
Peor que el subdesarrollo económico es el subdesarrollo ético. Además de prolongar aquel —los economistas ya han medido la correlación entre corrupción y pobreza— la ausencia de comportamientos morales en amplios sectores de la población crea un campo abonado para las dictaduras, las guerras, y un sinfín de costosísimos conflictos políticos.
El tercer paso es la búsqueda de remedios. Decía en mi artículo de la semana pasada, que entre estos podría considerarse la conveniencia de restablecer la educación religiosa (cristiana) en los colegios públicos, siempre y cuando no se impusiera y se administrara en consenso con los padres de familia. Porque la ética y la fe cristiana, como demuestran no tanto la teología, sino las ciencias sociales, han sido un elemento civilizador y moralizador extraordinario.
Su concepción del ser humano como hijo de Dios y poseedor de una dignidad infinita, ha promovido la conciencia moral occidental sobre los derechos humanos y el respeto hacia todas las personas, sin distingo de clase o color. Sus preceptos éticos, entre ellos el amor al prójimo, perdón de las ofensas, y compasión a los desamparados ha inspirado portentos de caridad y obras benéficas en el mundo entero, y una legión de santos y santas —incluyendo los anónimos— que se han dado heroicamente en servicio a los demás. ¿Qué llevó a Madre Teresa de Calcuta a desvivirse por los leprosos y moribundos de las calles, o a Bartolomé de las Casas a defender a los indígenas de América, sino su fe cristiana?
Claro está que enseñar cristianismo no es receta infalible. Pocos alumnos oyeron tanto las doctrinas del maestro como Judas Iscariote. Tampoco es el único elemento moralizador. También es fundamental priorizar la promoción de las virtudes, hábitos adquiridos por la repetición de acciones buenas, como autodisciplina, responsabilidad, diligencia, perseverancia, honestidad, etc. William Bennett, exministro de Educación norteamericano, publicó El Libro de las Virtudes , verdadero tesoro pedagógico para todas las edades. Los maestros de las escuelas reciben cursos para mejorar la enseñanza del español o las ciencias igual que muchos padres aprenden dietas eficaces para mantenerse en forma. ¿Pero cuántos de ellos aprenden formas de promover virtudes en sus hijos o alumnos?
Esto nos lleva a la familia. Esta educa o deseduca más que la escuela. Una estrategia global de mejoramiento moral exige trabajar tanto en el frente escolar como en el familiar. La lucha, no hay duda, es a largo plazo; pero es la más importante y la mejor inversión en el futuro.
El autor es sociólogo, fue ministro de educación 1990-1998.
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