Hoy los Estados Unidos celebrarán elecciones para presidente y vicepresidente, para todos los miembros de la Cámara de Representantes y para la tercera parte del Senado. En un panorama confuso, todo apunta a que los comicios presidenciales serán extremadamente reñidos. Por esta razón y porque Norteamérica es el país de más peso militar y económicamente del planeta, los ojos del mundo están puestos en estas elecciones. Abajo ofrezco algunas reflexiones acerca de estos comicios.
Primero, han parecido interminables. Remontan a enero cuando iniciaron las primarias republicanas que finalmente dejaron a solo un candidato parado: Mitt Romney. Para muchos ciudadanos será una bendición cuando terminen.
Segundo, más que en el pasado, ambos partidos —y la población— se percataron de que estas elecciones no serían realmente nacionales en el sentido de que la mayoría de los cincuenta Estados no están en juego porque son sólidamente “rojos” (republicanos), como Texas, o azules (demócratas) como California. El resultado de la elección presidencial dependerá de un manojito de estados campo de batallas. Estos son básicamente los nueve —como la Florida, Ohio y Virginia— que votaron por Bush en 2004 pero se pasaron a Obama en 2008. Estos Estados tienen 112 votos electorales (VE), igual al 41 por ciento de los 270 VE necesarios para ganar las elecciones presidenciales.
Tercero, pasará a la historia como la campaña más cara y negativa estadounidense. En lugar de abordar seriamente temas substantivos, que abundan, ambos candidatos, partidos y sus auxiliares —los Comités de Acción Política— han gastado más de dos mil millones de dólares principalmente para desacreditar al adversario repitiendo tres o cuatro mensajes. En el caso de Romney, los demócratas han dicho que favorece a los ricos, desprecia a los pobres y a la clase media y que es un camaleón sin principios que cambia de posición conforme a lo que le conviene. Los republicanos, por su parte, acusan a Obama de no haber cumplido con su ofrecimiento de “esperanza y cambio”, de ser un socialista solapado que ha expandido al tamaño del Estado y quiere aumentar los impuestos y de no haber sabido manejar a la averiada economía. El anuncio, el viernes, que el desempleo repuntó a 7.9 por ciento reforzará esta crítica.
Cuarto, aunque los medios de comunicación —especialmente los canales de cable (como Fox y MSNBC) que han jugado un papel partidario— han martillado estos mensajes nacionalmente, el bombardeo más fuerte de propaganda política que ha sufrido la población en los estados campo de batalla. Además, sus ciudadanos han sido el blanco de llamadas telefónicas y hasta visitas de ambas campañas en el ejemplo de “pastoreo” de las bases y de persuasión a los independientes más sofisticado y sistemático en la historia estadounidense.
Quinto, el negativismo de la campaña refleja dos factores. Uno es la polarización política que existe en el país. Estados Unidos se encuentra en una guerra cultural apasionada sobre temas como inmigración ilegal, el aborto, los derechos de los gays, y los papeles que les corresponden al Estado y el sector privado. El otro factor es el temor que tienen cada candidato y partido de perder el poder. Para mí, el que más grita, el más virulento, es el que más inseguro se siente.
Sexto, todo parece apuntar hacia los siguientes resultados. La Cámara de Representantes, en donde los republicanos gozan de una amplia mayoría, seguirá en sus manos aunque probablemente por un margen menor. El Senado, en donde los demócratas actualmente cuentan con una ventaja de 51 a 47 (también hay dos independientes), seguirá con una mayoría demócrata aunque quizás más pequeña que la de ahora.
Séptimo, en cuanto a la Casa Blanca, es imposible afirmar quién ganará. Las encuestas serias —y hay muchas— son volátiles y frecuentemente contradictorias. Por eso, se ha puesto de moda combinarlas y sacar un promedio. Mi conclusión es que apuntan hacia una elección que será tan cerrada como las de 1960 y 2000. En la primera, Kennedy le ganó a Nixon por un décimo en porcentaje de los votos. Y en 2000, Bush derrotó a Gore por 500 votos en la Florida, que le permitieron a Bush obtener 271 VE, uno más de lo que necesitaba, a pesar de haber perdido el voto popular.
Octavo, para mí, esta elección presidencial tuvo dos puntos de inflexión. La primera fue el primer debate presidencial en donde Romney le ganó a Obama. Esto le dio una inyección de adrenalina a su campaña que estaba atascada. Y el segundo fue el huracán Sandy, que le permitió a Obama proyectarse como el líder en una emergencia nacional y relegó Romney a un segundo plano. Esto puede cambiar en la medida que los efectos del huracán provoquen frustración en sus víctimas. Pero por ahora Sandy favorece a Obama.
Y, noveno, si la Florida fue determinante en 2000, Ohio lo será en 2012. Ningún republicano ha ganado la Casa Blanca sin Ohio, y difícilmente la logrará Romney sin Ohio. Esto apunta hacia otra realidad: el piso y techo de VE de Obama son más altos que los de Romney, cuyo camino a la Casa Blanca es más difícil. En este sentido, Obama sigue teniendo una ventaja.
Esta noche no necesariamente nos dirá quién ganó. Ambos partidos se están movilizando para cuestionar los resultados en Estados “en juego”. No descarto una votación inconclusa que requerirá de días o semanas para arrojar un ganador. Pero pónganle el ojo a Florida y Virginia.
Si Obama las gana hoy, será una noche larga para Romney.
El autor es exembajador de Nicaragua en Estados Unidos.
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