Joaquín Absalón pastora

Las elecciones

Toda elección —y más presidencial— legitima inquietudes, sospechas que viajan de la certidumbre a la inseguridad con escala en las lentas esperanzas. Y más cuando ocurren en las entrañas del patio. Pero esta vez ocurrió algo distinto: las elecciones celebradas en Venezuela, seguidas con mucha atención en todos los sectores sin ser los nicaragüenses, venezolanos. Acaso —deduje— ¿somos colonia de ese país para sentirlas tan propias? Lo cierto, siendo incierta la suposición, es que ese sobresalto se sintió por depender, en parte, económicamente de ella, como históricamente lo hemos sido de Estados Unidos y de ahí el interés que también tengan las próximas de Estados Unidos, donde se sospecha que el triunfo de un republicano podría “darle vuelta” al calcetín de su política exterior que toca inevitablemente a Nicaragua.

Cerrar los ojos ante la evidencia, aunque la restitución de la auténtica soberanía sea competencia exclusiva de los nicaragüenses, sería ubicarse en el ángulo extremo de la realidad, en la acera perniciosa del radicalismo que no ofrece argumentos ricos en la posibilidad de la solución cívica, donde no quepa ni una gota de la sangre que infructuosamente se ha derramado.

Esta vez se juntaron tres sufragios que nos incumben: los dos nombrados anteriormente por motivaciones y razones activas en el destino dependiente, porque a la comodidad resignada de “estirar la mano” nos apuntamos desde hace tiempos y el que tiene indudable intimidad particular en cada una de las parcelas municipales. La elección que va para el 4 de noviembre. La disputa se extiende a 153 jurisdicciones que nombrarán cada área independiente a su nuevo mentor, a su nuevo gobernante. Son pues 153 las deliberaciones desde el mismo momento en que cada una de las sedes tiene un entorno distinto. De esa realidad parte el trascendental distintivo no visto contradictoriamente con los ojos bien abiertos, atentos a tanto futuro diferente.

Las presidenciales eligen a la primera autoridad ejecutiva de la nación. Las municipales a 153 presidentes, pequeños pero grandes en el fondo, cada uno con un plan de gobierno local que pulsa cada parcela, la economía, la ética y la estética (desde la penosa exhibición de la basura), la educación, en fin todo lo que se relaciona con el día a día de cada habitante. Ninguna es tan intestinal como esta para la que hay relativas miradas.

No puedo dejar de asegurar que un fantasma anda —recorre— esas pequeñas repúblicas insertas en la total de Nicaragua: el Consejo Supremo Electoral. Ansiedad generalizada es renovar el estrado donde está en una noche que se hizo larga y no ofrece ni los síntomas de la alborada, porque así lo quiere la omnisciencia en la terquedad de su capricho, porque hacerlo sería complacer al sector oponente. El alto grado de la arbitrariedad ejecutiva no lo permite. Sin embargo más negativa que esa actitud sería abstenerse, porque lo primero fortalecería la imagen paquidérmica del sistema y lo segundo —participar— abriría las puertas de una perspectiva que no puede dormir y mucho menos cabecear en actitud pasiva el derecho ciudadano de votar y por si la felonía se impone como en el 2011, manifestar la capacidad de denunciar y engrosar el volumen de páginas escritas con coraje y patriotismo…

No asistir, quedarse en casa, ver el proceso con desdén, será por tantas razones expuestas de ninguna manera fatigadas, más negativo que positivo. El autor es periodista.

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