Por Róger Almanza G.
Un elegante asiento de madera, alto y brillante de barniz es el puesto que Danilo Vega ocupa en el lobby de un hotel. Aquí atiende a ejecutivos, empresarios, ministros, diputados y embajadores, entre otros huéspedes que llegan a él en busca de una lustrada impecable.
Danilo desde hace un año es el lustrador oficial del Hotel Seminole, un puesto que hoy lo expresa con orgullo y con mucha distinción. Con su cepillo ha limpiado hasta dejar brillante las zapatillas del diputado Edwin Castro y del pelotero Nemesio Porras, ha conversado con embajadores de Venezuela y Panamá mientras lustra sus zapatos y ha aprendido, sobre todo, los secretos de una buena lustrada. “Los zapatos finos merecen un trato igual de fino”, asegura Danilo.
Sus lustradas son gratis, el hotel le paga un salario por hacerlo, pero las propinas, a merced del huésped, siempre son bienvenidas al bolsillo de Danilo.
De su salario sostiene su hogar. Su madre de 84 años es una de sus principales responsabilidades junto a sus dos hijas, de 15 y 17 años.
Un gordito chaparrito y con aire de bonachón. Divertido y coqueto ante la cámara fotográfica. Como si posar fuera su trabajo de toda la vida. Nada que ver con el Danilo tímido y miedoso que llegó hace un año a la recepción del hotel preguntando por el puesto de trabajo.
La oportunidad
La experiencia como lustrador era más que suficiente. 23 años lustrando zapatos en el Gancho de Caminos del Mercado Oriental lo volvieron experto en lo que él dice, “es un arte… sacar brillo a un zapato no es para cualquiera, el brillo debe ser natural y el zapato no debe maltratarse”, explica Danilo sobre su trabajo.
En dos décadas también ha aprendido a distinguir el rostro de aquellos clientes que no ponen sus zapatos en las manos de cualquiera, pero sobre todo ha logrado identificar un zapato fino a otro un poco más común.
“Recuerdo que llegué y desde que entré al hotel me sentí extraño, ese no era mi lugar, venía del mercado, trabajando a la par de otros lustradores que al igual que yo siempre estábamos manchados de pasta y anilina… siempre asoleados, esa mañana era como entrar a otro mundo”, recuerda Danilo.
Danilo se puso sus mejores ropas. Una camisa manga larga y un pantalón dominguero eran propios para la ocasión. Hizo la entrevista y dos días después el trabajo era suyo.
“El puesto no lo leí en ningún periódico ni llegué a probar si necesitaban a un lustrador, llegué porque un cliente que llegaba a lustrarse en el Gancho de Caminos me dijo que en ese hotel estaban necesitando un lustrador para los huéspedes”, cuenta Danilo.
“Lo que está pa´ti nadie te lo quita…”, dice la letra de una popular canción y es ahora parte de los dichos de Danilo, porque fue tres meses después de que su cliente le comentara sobre la oportunidad de trabajo en el hotel que Danilo se animó a ir. ¿Por qué dejó pasar tanto tiempo?
La respuesta la tiene clara Danilo. “Me daba miedo dejar lo que ya conocía, el mercado era prácticamente mi hogar… Nunca me faltó la comida y el peso para llevar a casa, los mercaderes se vuelven tus amigos, te cuidan y los cuidas y hasta los delincuentes te conocen y no corres riesgos, pero mi madre me preguntaba a diario si ya había ido al hotel a preguntar por el trabajo”, dice Danilo.
El temor de entrar a ese nuevo mundo, con gente vestida de saco y corbata y de uniformes para trabajar no se le pasó de la noche a la mañana.
A las dos semanas de iniciar en el hotel, las ganas de renunciar eran fuertes. “Gracias a Dios no lo hice”, recapacita hoy Danilo.
Contar con un salario mensual fue un gran cambio para Danilo, lo que le brindó la oportunidad de planificar gastos y mejorar un poco el nivel de vida de su familia.
Su hija mayor se bachillera este año. “Tendré el honor de llevarla del brazo… con mi caja de lustrar apoyé a su educación y me siento tan orgulloso de ello. Con mi caja de lustrar he estado con mi madre y no tengo de qué avergonzarme”, destaca Danilo.
Hace 23 años…
Desde adolescente, Danilo se apuntó en las filas del Servicio Militar Obligatorio, donde aprendió mecánica automotriz. Cerca de 1990 estaba fuera de las filas militares y encontrar trabajo le fue imposible. La opción de muchos en su situación fueron los mercados.
El populoso Mercado Oriental era el centro de trabajo de miles de comerciantes. Aquí, en el famoso Gancho de Caminos se reunía la mayoría de los lustradores de la zona, venían de toda Managua, uno de ellos era Danilo.
“No voy a negar que esa primera vez iba con mucha vergüenza y temor. Los demás lustradores no me dejaron espacio para estar cerca y tuve que moverme hasta las orillas del distrito policial”, recuerda Danilo. Ahí, a varios metros de distancia de los viejos lustradores, buscó su lugar.
Las horas pasaban y nadie se le acercaba. “Miraba cómo los demás lustradores tenían sus clientes, lustraban bastante y a mí ni se me acercaban”, recuerda Danilo.
De esos primeros días le queda el recuerdo de las grandes asoleadas del trabajo en la calle. El sudor y el hambre. “Sin clientes y casi intimidado por los demás lustradores estaba a punto de retirarme en esa primera semana”, dice Danilo.
El primer cliente llegó al final de una tarde. “Un señor gordo y de zapatillas negras”, recuerda Danilo. Las manos le temblaban y el cepillo casi se le caía como a cualquier principiante. “Tenía que dejarlo nítido para que volviera a buscarme”, pensaba. Los demás lustradores estaban pendientes más de si se trataba de un cliente viejo que de la forma en que lustraba Danilo.
“Lo dejé bien lustrado y siguió viniendo, ese señor me trajo suerte, porque los clientes empezaron a llegar y por cosas que no entiendo, los demás lustradores se empezaron a acercar y empecé a hacer compañeros de trabajo”, cuenta Danilo.
Los lustradores más viejos en el negocio le explicaban cómo debía tratar a los clientes. Le mostraron algunas técnicas para ahorrar pasta, le mostraron los lugares dónde comprar los cepillos, la anilina y los trapos y qué cosas nota el cliente… un cliente se va contento, le decían, cuando cuidas los detalles al lustrar, cuando le limpias la marca del zapato, no hay nada más feo que andar la marca o los cordones manchados”, son los consejos que recuerda Danilo.
Así el Gancho de Caminos se fue convirtiendo en su centro de trabajo. El sol empezó a molestarle cada vez menos y los mercaderes y lustradores se convirtieron en su otra familia hasta hace un año.
“La vida me ha sonreído”
Su primer día de trabajo en el hotel, aunque con el mismo oficio, fue totalmente opuesto a aquella primera vez en el mercado.
Un espacio limpio, “impecable”, dice Danilo. Aire acondicionado durante una jornada laboral que inicia a las 7:00 de la mañana y culmina a las 5:00 de la tarde. Almuerzo incluido y propinas que superan en mucho el pago que se obtiene por la lustrada en cualquier mercado o parque de la ciudad.
De aquellos días en que pensó regresar al mercado ya no quedan ni las sombras. “Ya no podría regresar al mercado, hoy pienso en que puedo cambiar de trabajo pero siempre para mejor y aunque tengo recuerdos lindos de amistad y apoyo cuando trabajaba ahí, sé que quiero más que eso”, reflexiona Danilo.
Hoy se siente un lustrador con clase y le entristece ver que muchos discriminan el oficio. “Realmente son muy pocos los lustradores que en el mercado andan robando, la mayoría somos gente honesta que encuentra en este oficio la forma de vivir y mantener una familia”, dice Danilo.
Sus hijas, aunque actualmente no viven con él, “son niñas que se sienten orgullosas de mí y sé que cuando les preguntan por el oficio de su padre dicen sin pena: mi papá es lustrador”, expresa Danilo.

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