El muro de Berlín cayó el 9 de noviembre de 1989 dando lugar al proceso que culminó con la reunificación de Alemania, convertida hoy en la primera potencia de Europa. Su desplome se llevó consigo a la llamada “cortina de hierro” que dividía al planeta en dos grandes bloques que luchaban por su hegemonía: comunismo o democracia, eran las consignas entre quienes apostaban a la instauración de la dictadura del proletariado, devenida contra el proletariado y los que pretendemos que la democracia y la libertad son inherentes a nuestras condiciones de personas humanas.
Cayó el muro de Berlín pero no caen aún los que continúan construyendo muros al interior de nuestras naciones: esos que gobiernan en nombre de un partido, confundiendo los símbolos sagrados de la patria con los símbolos del partido, al mejor estilo del nacionalsocialismo hitleriano.
Los alemanes exhiben hoy con orgullo los resultados de su reunificación. Enarbolan valores libertarios con una energía admirable y envidiable. Le enseñan al mundo que tolerancia, fortaleza institucional pero sobre todo un papel responsable del Estado como garante del buen funcionamiento del sistema en su conjunto, a fin de perfeccionar su economía social de mercado bajo políticas públicas liberales, son posibles cuando las naciones se sienten guiadas por ciudadanos elevados a la categoría de mandatarios con vocación de servicio.
Cuando el Estado es “un conjunto de estructuras especializadas que se organizan en la sociedad civil para preservar el bien común” y no “un instrumento de dominación de una clase sobre la otra”
Cuando desde el Estado se promueve y se provoca el odio de clases, cuando utilizando esas estructuras se atenta contra cualquier ciudadano, cuando se usa la Constitución política para servirse de ella a la medida de intereses particulares o familiares; cuando se tuerce la ley y el derecho para perseguir al adversario; cuando se usan los recursos públicos para acrecentar capitales familiares; cuando se usa el poder para corromper con la pretensión de perpetuarse en el mismo; no nos queda más que admitir que aquí se están construyendo muros en la conciencia ciudadana, en las leyes, en las instituciones, en la nación separada por muros de intolerancia, de fanatismo, de manipulación de las necesidades más sentidas por la población. De la manipulación de la matriz mental de niños, jóvenes y adolescentes mediante esa combinación perversa de Orwell con Goebbels cuyo fin final es la deificación de un líder elevado a la categoría de führer.
Cómo duele esta Patria cuando vemos a los niños y a los empleados públicos portando la bandera de un partido. Qué lejos estamos de la caída del muro de Berlín y sus efectos constructivos para la nación alemana. Pareciera que nos movemos en sentido contrario de la historia universal.
Los muros del miedo, de la apatía, de la pérdida de la fe en el voto, para cambiar pacíficamente gobernantes, ¿se están imponiendo!?
Resuena en mis oídos Bertolt Brecht:“Si el pueblo está en el poderpero el pueblo quiere un cambio de poder ¿por qué el pueblo en el poderno le da el poder al pueblo?”¿Hasta cuándo efectivamente este pueblo será ciudadano?
El autor es diputado al Parlacen.
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