Las notables diferencias entre las distintas encuestas sobre las elecciones que Venezuela tendrá este domingo me traen a la memoria las que se hicieron en Nicaragua en 1990, pocos días antes que la opción democrática representada por doña Violeta y la UNO se enfrentara a la opción revolucionaria de Ortega y el FSLN.
Hasta antes de esas elecciones no lograba yo comprender cómo era posible que mientras las que hacía el diario LA PRENSA, con la firma Borge y Asociados, de Costa Rica, nos daban una clara victoria a nosotros en la UNO, las que hacía el Frente y publicaba Barricada, con la firma Greenberg, de Estados Unidos, le daban la victoria a ellos. Me costaba mucho creer que el Frente estuviera engañando abiertamente a los votantes y se estuviesen mintiendo entre ellos mismos. Algo no encajaba.
En aquellos años no visualizábamos la opción del fraude. El Consejo Supremo Electoral (CSE) estaba presidido por el doctor Mariano Fiallos Oyanguren, hombre recto y cabal, y la observación internacional de OEA, ONU, el Centro Carter y otros muchos organismos, era masiva.
Fue mucho después del claro y rotundo triunfo de doña Violeta y la UNO que descubrimos el misterio.
Y era que, mientras Greenberg había confiado el trabajo de ir casa a casa haciendo la encuesta a muchachos sandinistas que al llegar a las casas saludaban con el típico “compañero, andamos haciendo una encuesta y queremos su colaboración”, Borge y Asociados trajo unos treinta jóvenes costarricenses para hacer sus encuestas, y estos saludaban con el conocido acento tico y el “señorrra, estamos haciendo una encuestilla y quisiéramos molestarla a ver si nos colabora”.
El mero saludo de “compañero” servía para identificar inmediatamente al encuestador como alguien sandinista, ante quien muchos simpatizantes de la UNO preferían decir que iban a votar por Ortega para evitar represalias en el barrio. Y las cifras salían alteradas.
En Nicaragua había temor entonces. Vivíamos en guerra, en los barrios estaban los CDC, y sobraban los soplones que delataban a los que parecían sospechosos de cualquier cosa.
Sin embargo, el acento tico de los encuestadores de Borge y Asociados indicaba con claridad que aquellos muchachos no eran de aquí, lo que generaba más confianza entre los simpatizantes de la UNO y estos tendían a decir la verdad.
En Venezuela, tengo la impresión, pudiese estar sucediendo algo parecido. Allá también hay miedo. No hay guerra pero hay mucha violencia callejera y una criminalidad que es de las más altas del mundo.
Me resulta lógico pensar que alguien que ha estado recibiendo regalías del gobierno del presidente Chávez, pero que ahora simpatiza con Capriles, preferirá decirles a los encuestadores que va a votar por Chávez para evitarse así que lo pongan en alguna lista negra y pierda esas prebendas, sobre todo si sospecha que el encuestador es chavista.
Desconozco la forma en que saludan allá los encuestadores de las empresas chavistas, pero me imagino es fácil identificarlos, sea por la forma de hablar o por la manera de vestirse. Por eso en algunas encuestas Capriles saca tan solo 39 por ciento.
En otras, sin embargo, saca hasta 49 por ciento. Me imagino que estas utilizan encuestadores no chavistas, o quizás mejor entrenados.
Y hay otro factor. Al igual que en Nicaragua en 1990, que un gobierno autocrático llene plazas no es ninguna noticia ni tiene mérito. Lo novedoso y lo meritorio es que la oposición, venciendo el miedo y la inercia de diez años, como fue aquí, o 14 como es hoy en Venezuela, salga masivamente a las calles y se adueñe de ellas, como sucedió con doña Violeta aquí y está sucediendo con Capriles allá.
En breve veremos qué sucede en Venezuela. Como ya decía alguien, esta es “la madre de todas las elecciones” porque sus efectos no solo incidirán en la vida de los venezolanos sino también en la vida de nosotros los nicaragüenses, de los países asociados al Alba y de toda Latinoamérica, por la importancia del petróleo venezolano en la región.
Dios quiera que la enfermedad que ha destruido a nuestro CSE aquí no contagie a la autoridad electoral allá. Perder una elección es un duro golpe para una oposición que ha logrado por fin levantar la cabeza después de muchas derrotas, pero verse despojado de un triunfo por un fraude electoral es un golpe aún más duro a la causa de la democracia, que luego se traduce en tragedia para el pueblo. Y es jugar con fuego.
Venezuela merece que el pueblo sea el que elija.
El autor fue ex ministro en el gobierno de doña Violeta.
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