Joaquín Absalón pastora

El cura en el poder

La patria no es el hombre, el pretexto para el caudillo, el símbolo personificado, ni es el embeleso del cura con la vanidad del poder. La patria es el atributo de la voluntad constructiva, de las raíces de los padres. De ahí el origen, es la tierra natal donde quedó sembrado el membrete del ombligo, la sede afectiva e histórica. No es patrimonio del patriotero ni del sacerdote (no soy “come-cura”) que “en nombre de Dios” contradiciéndolo porque “su reino no es de este mundo”, alejado de la patrística, se ufana de estar al lado del tipo fuerte, sintiéndose parte del sistema —solidario— “uña y carne” de la omnisciencia temporal, siendo vocero de la eternidad

En la exposición pictórica de la historia puede verse en los cuadros con todo el colorido de la época a estos seres —rey y obispo— en ese orden. Primero el coronado y luego el purpurado. Estaban juntos sin ninguna competencia orgánica que los separara. Que el prelado estuviese secundando, no les importaba con tal de compartir las mieles terrenales, con lo cual suministraban —suministran— la nublada realidad de que el poder auténtico está en la tierra y el ficticio en el cielo que nos enseñaron como el reino glorioso en el catecismo.

Con motivo de la celebración de las fiestas patrias que tanto sonrieron en la proclama constitutiva, visualizo inevitablemente aquel ayer que el doctor Alejandro Serrano Caldera acertadamente define “como una historia en la que el futuro es el pasado que regresa”.

Lo siento, lo traigo al presente cuando veo a Montenegro, ancho y orondo en su felicidad personal al lado del caudillo a quien no culpo tanto en la comparación por no ser el representante espiritual. Ortega está lanzando un juego que él sueña perfecto y perpetuo para seguir con la batuta en la mano hasta que él y las circunstancias lo quieran. Pero Montenegro no es solamente un delegado del cardenal enfermo, sino el representante de una religión que nada tiene que ver con los intereses transitorios del poder en el mundo, siendo por eso su figuración más trascendental que la del caudillo. Antes de sentarse junto a él, de ser puesto ahí por el mandato de la superioridad jerárquica, debió honrar la dignidad eclesiástica con solo entender y comprender que constitucionalmente Nicaragua es un estado laico donde no hay ninguna religión oficial y por lo tanto en obediencia a esa realidad, cada nicaragüense tiene una opción que elegir dentro de tanta promesa mística. Pero el prelado está en esa y en otras ocasiones, en cuanto menester de protocolo oficial haya, al lado del hombre fuerte en el caso específico, en el monótono redoble de tambores donde lo predominante fue la pirueta carnal y el oficioso afán de inclinarse ante el poder. De patrio no hubo en las efemérides por parte de la juventud estudiosa, ninguna demostración cultural que la relacionara con la magnitud del evento. No es la Iglesia la vasalla. Son algunos de sus representantes.

Acaso era aceptable esa entrañable y participativa convivencia en la época donde la Iglesia y la monarquía lucían el compadrazgo, pero esa vinculación fue derribada por la revolución liberal y no debe estar presente en tiempos que han dejado atrás una fusión autoritaria que solo ventila en las ventanas los oscuros celajes que no deben volver.

El autor es periodista.

Opinión

COMENTARIOS

  1. flecha veloz
    Hace 14 años

    como catolico, me siento ofendido ver a la dirigencia de la iglesia sentado a la par de los poderosos, cuando al contrario, deberia estar con los debiles, los pobres, que somos la mayoria en este pais

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