León Salvatierra
Una caricia en el cabello, deslizándose por los hombros, después de trabajar toda la semana con el ombligo de punta hacia dentro al servicio de un hombre que envía máquinas a las calles, que estorban el paso de los jovencitos que pierden la paciencia por llegar a las metas, que pusieron sus padres en la fiambrera muy temprano con un beso en la frente y un “Pórtate bien”.No quieren que llegues tarde a la repartición de títulos de buena ciudadanía y honores estudiantiles, que de nada sirvieron cuando andabas fumando en la loma sobre aquella presa donde aprendiste a nadar, gracias a la insensatez de tu mejor amigo, que te empujó en el agua sin pensar que podías quedarte trabado, sin hablar una sola palabra. Era bella pero no le gustaban los callados: “No inspiran confianza —decía—, ni en la cama saben a qué lado dormirán y se van directamente al sueño queriendo aflorar lo extrovertido en ese momento”.Pero se convenció que no había mejor partido en la ciudad, nadie la veía de la misma manera en las discotecas, la más bella nunca quiso las primeras olas; cuando lo conoció, no le puso interés a lo que el joven dijo, pero el amor se inventa, y atravesó su pecho como el sonido tembloroso de los parlantes.Su imagen vacilaba con el frío de los amaneceres, una imagen que el amor no podía tocar pero la voz del muchacho que decía algo, no muy claro, se transformó en un acto irreversible. El reflejo de ella se desdibujaba hasta que se hizo su mujer.Ahora el joven profundamente hombre.Un hombre viejo y cansado de trabajar con el ombligo de punta hacia adentro, apaga sus ojos remotos, desprende el control de su máquina, cuando recibe una caricia en el cabello, deslizándose por los hombros.
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