Las próximas elecciones municipales se han debatido ad infinitum. La recurrencia de temas, debates y persistentes problemas es parte de la deplorable política nacional. Sin embargo, podría ser útil todavía subrayar un aspecto del tema electoral, ya tratado abundantísima aunque implícitamente: La naturaleza de la abstención ante el dilema votación-abstención.
La abstención, en cualquier país, puede ser meramente pasiva, o puede constituir un planteamiento político activo. Este puede ser espontáneo (sea silencioso o vociferante), o puede ser organizado. La abstención meramente pasiva presenta, cuando menos, dos escenarios:
I. El de la abstención causada por satisfacción con un sistema que mayoritariamente provee bienestar, estabilidad (no obstante los inevitables altibajos económicos), y que además posee partidos políticos que no difieren radicalmente entre sí. Habiendo conformidad con el sistema, existiendo alternabilidad democrática, derechos definidos, y perdurabilidad estructural político-económica, es fácil para muchos desatender las elecciones.
Este es el caso de Estados Unidos, donde (cabe señalar) la ciudadanía tiene más oportunidades de votar que en cualquier otro país del mundo. (Existen elecciones para instituciones federales, para los gobiernos y legislaturas estatales, para alcaldes, jueces, juntas escolares, etc.). A pesar de estas oportunidades, la abstención en las elecciones norteamericanas, derivada de la satisfacción, es alta: aproximadamente 54.47 por ciento en los últimos 20 años.
II. El otro escenario de la abstención pasiva proviene del desencanto con el sistema imperante, unido a la convicción de que este no cambiará por métodos electorales. Así ocurrió durante las dictaduras autoritarias iberoamericanas de derecha. Había abstencionismo porque el voto no elegía: Los resultados estaban preestablecidos. Menos aún se elegía en las dictaduras totalitarias de izquierda, desde Cuba al antiguo bloque socialista. Pero allí votar era (o es) un ritual tan vacío como exigido y controlado.
Como variante, hubo y hay diversos sistemas dictatoriales que alientan la existencia de partidos-mamparas, que no significan una alternativa electoral: Son parte de los ejercicios de movilización y propaganda del régimen. Así ocurría, por ejemplo, en la Polonia comunista y ha ocurrido en Nicaragua.
Pero existe otro tipo de abstención: La que reta al sistema imperante. La que rechaza al juego político entronado y se plantea la posibilidad de cambiarlo fuera de las normas y de las instituciones existentes. Este tipo abstención, cuando llega a organizarse, presenta un serio reto al status quo político, e incluso puede encerrar un potencial revolucionario, cuyos resultados no siempre salen bien.
Por lo dicho, es una absolutización errónea decir que toda abstención fortalece a un régimen, y que toda participación preserva (al menos), algunos “espacios políticos”. En muchos casos, el argumento pro-participación es equivalente a complicidad política porque en determinadas situaciones la democracia solamente triunfa fuera de la legalidad vigente y en contra del régimen. El tema es complejo porque en otros casos, aún ante de gobiernos de facto, la participación electoral puede generar cambios profundos, si hay garantías suficientes e instituciones serias. Tal fue el caso del plebiscito de 1989, convocado por el gobierno del general Augusto Pinochet. Ese hecho marcó el inicio bien ordenado del fin de su régimen autoritario y el restablecimiento de la democracia chilena. Lamentablemente, el caso de Chile es la excepción en la atormentada historia iberoamericana, plagada violentas rebeliones antidictatoriales.
Cabe señalar que las viciadas condiciones institucionales vigentes en Nicaragua estimulan una tendencia abstencionista, que de ninguna forma beneficia al gobierno a mediano plazo. Desafortunadamente, su nivel, orientación y consecuencias solamente las desvelará el futuro.
El autor es Doctor (Ph.D) en Estudios Internacionales.
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