Joaquín Absalón Pastora
Al ingresar al Instituto Nicaragüense de Cultura Hispánica, la noche del 20 de septiembre, dieron la bienvenida los primeros compases vinculados con la concepción melódica del concierto para trompeta de Joseph Haydn, no el único pero sí el más laureado por la fama. El solista abría la llave de la minúscula trompeta.
La versión electrónica fue puesta como preludio de fondo para anunciar una de las consagraciones con el arte del joven granadino que desde corta edad se matriculó en la catedral de los puntales polifacéticas: Roberto Carlos Pérez (1976), un entregado a la belleza recreativa y constructiva: la creación literaria parida por el dolor cetrino de los cuentos que parten de la crudeza, escritos bajo el tic de la medianoche, la asignación de otro espacio de su tiempo a la música, andando por el camino de los clásicos a través de la interpretación de las obras para trompeta de las que es un ejecutante con el temperamento del solista que la enaltece y en la propensión por el canto moderno con letras que se asemejan al fado portugués que llora cantando la complejidad de la vida.
Esa noche viajó de la literatura a la música. Presentado por Jorge Eduardo Arellano nos dio un concierto en que se alternaron las páginas de su libro de ocho cuentos salidos del pulso sangrante: Alrededor de la medianoche y otros relatos de vértigo en la historia , que vuelan desde 1528 hasta tocar el derribamiento de las torres gemelas de Nueva York de las que es testigo. También cantó con la propulsión del divo.
Voz y pluma, estampa de la juventud que se afilia a las virtudes del arte en dos dimensiones: escritor y músico. Lástima que haya dejado la trompeta durmiendo en su estuche.
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