Loli, la historia de un sabor

El primer negocio de raspados Loli estaba en la vieja Managua, la anterior al terremoto de 1972, frente al cine Cabrera. Allí Eloísa Sáenz logró elaborar la fórmula con la que enamoró a pequeños y grandes. Después del sismo que destruyó para siempre la capital, el negocio lo trasladó al sitio ubicado tres cuadras al Este del centro comercial El Zumen, donde hoy es una referencia por sí sola.

Por Eduardo Cruz

El primer negocio de raspados Loli estaba en la vieja Managua, la anterior al terremoto de 1972, frente al cine Cabrera. Allí Eloísa Sáenz logró elaborar la fórmula con la que enamoró a pequeños y grandes. Después del sismo que destruyó para siempre la capital, el negocio lo trasladó al sitio ubicado tres cuadras al Este del centro comercial El Zumen, donde hoy es una referencia por sí sola.

¿Y dónde vive usted? se le pregunta a las personas que habitan cerca del lugar. “Ah, yo vivo de los raspados Loli tantas cuadras al Sur (o abajo, o arriba)”, responden. Hacia el Norte no porque el negocio está en una especie de tope.

Ahora la cosa se pone complicada porque raspados Loli ha creado varias sucursales en la capital: en la 35 avenida (por Linda Vista), Bello Horizonte, Altamira, Plaza Inter, Plaza Las Américas, Carretera Sur, Carretera Vieja a León… Y hasta en Miami, Florida (Estados Unidos).

Se desconoce con certeza el origen del raspado, aunque existe una versión de que fue creado por un estudiante de la universidad de Princeton (Estados Unidos). Lo que es sabido es que en Nicaragua se comercializa desde hace décadas por vendedores ambulantes, los cuales llevan un bloque de hielo en un carrito generalmente de madera y forrado por dentro con aluminio.

La preparación del raspado es sencilla. Los vendedores ambulantes normalmente utilizan un cepillo de hierro para raspar y luego le agregan un jarabe, sirope o miel del sabor preferido del cliente, siendo los más populares el de leche, el de piña y tamarindo.

En Nicaragua el raspado obtuvo una categoría superior cuando Eloísa Sáenz, una leonesa casada con el doctor jinotegano Juan José Guatemala, se dedicó por siete años a encontrar una fórmula que le diera un sabor exquisito a la miel.

Doña Eloísa, ya fallecida, lo relató así en enero del 2002 a El Nuevo Diario: “Yo pasé siete años probando que me diera la miel, me acostaba a las 11:00 de la noche diario. Los chavalos en las calles me decían que mejor vendiera requesón o leche, porque la miel de los raspados no me salía y yo los vendía o regalaba muchas veces con la miel de leche cortada. Usted sabe, la necesidad”.

De acuerdo con su relato, doña Eloísa atribuye la obtención de la fórmula a un milagro de Sor María Romero, la monja nicaragüense que vivía en Costa Rica y que está en proceso de ser declarada Santa por la Iglesia católica. Precisamente la creadora de los Loli viajó al país vecino para recibir la ayuda de la religiosa y relató el encuentro:

“Ella (Sor María) venía por la capillita del orfanato y me dijo vení. Fuimos y me preguntó qué querés, hija. Yo me puse a llorar y le pedí que me ayudara, porque la miel no me salía y teníamos problemas en casa Juan José y yo. Ella me dijo pausadamente y agarrándome la cabeza que todo saldría bien, pero que cuando eso pasara me pidió que diera limosna para los pobres”.

Ya en Nicaragua, doña Eloísa descubrió la fórmula y le dio el mérito a la ayuda de Sor María.

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Un producto del sacrificio 

Visitar hoy en día cualquiera de los establecimientos de raspados Loli haría pensar que todo ha sido cuestión de abrir un local y ponerse a vender el raspado, así, sin más ni más. Sin embargo, el comienzo fue tan difícil que de no ser por el empeño de doña Eloísa hoy no se podría disfrutar del sabor exquisito de los nancites, los mamones y las grosellas envueltas en miel que deleitan el paladar de los clientes.

Las dificultades económicas y el hecho de que el doctor Guatemala estudiaba, hicieron que doña Eloísa buscara una manera de apoyar en lo económico a su esposo y sacar adelante a la familia. Había visto a otros que vendían “raspados” y decidió que quería dedicarse a este negocio. Al principio vendía a un centavo cada raspado a los estudiantes que pasaban por el negocio.

Para encontrar la fórmula tuvo que batallar mucho. El día que la descubrió, le gritó de alegría a su marido: “Guatemala, ya lo tengo! ¡Lo hice! Es perfecto!” Su marido la acompañó en su felicidad, pero le advirtió que no se podía cantar victoria todavía. El reto era que debía recordar todos los pasos hasta llegar de nuevo a la fórmula y hacerla de nuevo. Afortunadamente lo hizo todo bien. Una hermana de ella, Fanny, la llamaba Loli, y ese nombre se lo puso a los raspados.

Siguiendo sus pasos 

Tres hijos tuvo el matrimonio Guatemala Sáenz: Roberto, Sergio y Brenda. Sergio es quien ahora administra el Loli de El Zumen, junto con su esposa Melba Gómez. Y también tienen otras sucursales en Carretera Sur y Plaza Inter. Hace como veinte años Brenda fundó los raspados Lolys en Miami, Florida. Y Roberto con su esposa Martha Castillo de Guatemala han creado sucursales en otros sitios de Managua.

Domingo conversó con doña Martha Guatemala, a como la conocen mejor, quien señaló lo difícil que fueron los comienzos y tenían que ofrecer el producto en ferias, kermeses y hasta en actividades en iglesias. “Fue difícil, ha sido un proceso de mucho trabajo, empeño y tesón. Doña Eloísa fue una mujer de mucho trabajo y tesón”, dice de su suegra.

¿Hay un ingrediente X en la fórmula que hace a los Loli diferente de los demás raspados?, se le pregunta, y doña Martha se pone a reír. Sí hay una fórmula y solo la familia la conoce, indica, pero explica que lo más importante es que se insiste en la buena atención a los clientes y que trabajan para que estos se vayan con “buen sabor” siempre.

En los años setenta hubo un raspado al que se le echaba una gota de ron, pero ya hoy no lo elaboran. Hace un tiempo trataron de ofertar un raspado para diabéticos, totalmente sin azúcar, pero tenía un costo más alto y era más pequeño, y, sumado a que muy pocos gustan de lo “light”, no tuvo mucha demanda y ya no lo elaboran. Sin embargo, la nueva generación de Loli siempre está tratando de innovar con nuevos sabores, asegura doña Martha.

Antes de fallecer, doña Eloísa tuvo la satisfacción de ver el éxito de sus raspados. “Estaba muy contenta, de ver todo lo que ella había hecho con amor”, dice su nuera.

El negocio todavía está en crecimiento. Por ejemplo, aún no cuentan con servicio delivery, y son innumerables las llamadas que cada sucursal recibe preguntando si existe servicio de envío. Tampoco pueden poner mesas, pero toda la familia está trabajando para avanzar en el desarrollo de la empresa.

La próxima sucursal de raspados Loli la podrá encontrar en el Puerto Salvador Allende, dentro de poco, para continuar con la labor que hace más de cincuenta años empezó doña Eloísa Sáenz, frente al cine Cabrera, y que después trasladó a El Zumen, donde los Loli se convirtieron en la tradición que deleita el paladar de los nicaragüenses.

Así era el local de los raspados Loli  que está cerca de El Zumen. En la actualidad es todo de concreto, con ventanas de vidrio y sistema de luces moderno. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN/ U. MOLINA
Doña Eloísa Sáenz, al centro, cargando a uno de sus nietos y rodeada de hijos, nueras y otros nietos. De camisa a cuadros está Sergio y su esposa Melba tocándole un hombro. Detrás de doña Eloísa está Brenda y de camiseta roja Roberto, con su esposa Martha detrás suyo. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN/ U. MOLINA

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