Alejandro Serrano Caldera

Por una nueva realidad política

En el mes de la patria, septiembre nos lleva de nuevo a la reflexión sobre la realidad de Nicaragua, al evocar la historia al redoble de los tambores, las voces de los clarines y el ritmo de las danzas que han sustituido las antiguas marchas conmemorativas y que representan quizás la única innovación en medio de la repetición de la historia política poblada de caudillos, pactos y olvido de lo que debería ser la necesaria reconstrucción de nuestro país, sobre la base de la estabilidad, la democracia, el Estado de Derecho y el desarrollo integral.

La situación actual de Nicaragua es de fragmentación, debilitamiento de valores y ausencia de objetivos comunes, a tal grado que se oscurece el futuro inmediato por la sombra de los fantasmas del pasado que habitan el presente. Al lado de la fragmentación general se produce la concentración del poder en manos de quien ejerce el gobierno y el liderazgo político de su partido. Una cosa no excluye la otra; al contrario, la concentración de poder es consecuencia de la fragmentación en las diferentes esferas políticas y sociales, las que, en esas condiciones, están imposibilitadas de impedir la configuración del autoritarismo del poder personal.

Fragmentación por un lado y concentración por el otro configuran el mapa de la disímil situación nicaragüense, cuya contradicción estructural no es un signo de estabilidad y desarrollo, sino más bien de incertidumbre y de posible crisis.

Cuando una situación presenta las características que en términos generales estamos tratando de describir, nos encontramos en una “sociedad disociada” cuyo peligro de colapso afectaría no solo a los sectores políticos y sociales fragmentados y parapetados en sus compartimientos estancos, sino a la sociedad en su conjunto. Por ello, y viendo más allá de ideologías, partidos, personas, o grupos diversos, pensamos que es imprescindible la creación de un verdadero movimiento político y social, capaz de enfrentar las acciones que lesionen la democracia, el Estado de Derecho y el sistema institucional, y que, contribuyan a sentar las bases de un régimen autoritario o, peor aún, de una dictadura. Se trata de construir un movimiento que formule e impulse un proyecto de nación y un plan estratégico de desarrollo político, económico, social e institucional.

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  • Considero imprescindible el esfuerzo colectivo para tratar de sacar al país del estancamiento en que se encuentra en su realidad política. No se trata solo del cambio de cúpulas o de personas, sino de la necesaria transformación del sistema actual de oportunismos, caudillismo, respeto a la Constitución, la independencia de poderes… Porque solamente con un cambio cualitativo e integral en el quehacer político, se puede salir del círculo vicioso en el que el país está atrapado, obligado a repetir una historia en la que el futuro es el pasado que regresa.

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Para ello habría que dar una serie de pasos entre los que podrían mencionarse, el acuerdo entre los partidos para construir la unidad; la concertación y acuerdo entre estos grupos y las organizaciones de la sociedad civil para estructurar una propuesta conjunta; la realización de un proceso de discusión y acuerdo a nivel nacional, regional, departamental, local, sectorial, de la propuesta o proyecto estratégico; la definición de los contenidos puntuales de los aspectos principales del proyecto el que, a nuestro juicio, debería priorizar como ejes fundamentales, los aspectos político-institucional, económico-social y educativo. Una vez culminado el proceso de discusión, y con los aportes reunidos en el mismo, debería elaborarse el documento integral y presentarse a la nación el plan de país.

Creo, sin perjuicio de lo que se considere más adecuado, que deben asumirse un conjunto de valores y establecerse los fines del proyecto, entre los cuales, valores y fines, podrían mencionarse, libertad, legalidad y legitimidad, es decir la coincidencia de la ley con la expresión de la voluntad general; subordinación del poder a la ley; política social como contenido, sentido y dirección de la política económica; y construcción de ciudadanía, base de una verdadera democracia.

Estos valores y fines de la propuesta deberían realizarse a través de la educación, la formación de la opinión pública, el debate de las ideas, la educación informal, y las diferentes formas de participación ciudadana.

Es claro, no obstante, que lo esencial de un proyecto semejante no está tanto en su estructura, organización y acción, cuya importancia es innegable, sino, principalmente, en el cambio cualitativo de la cultura política nacional, sin la cual ninguna propuesta tendría la proyección para animar las transformaciones en el ser y quehacer de nuestra sociedad. Las propuestas indicadas, y otras que probablemente surgirían en el camino, carecerían de sentido aplicadas en un medio que considera la política como algo innoble, la “viveza” de sus actores, como la máxima expresión de inteligencia, la participación en la vida pública y en el ejercicio político, como mera práctica orientada a la búsqueda de cargos en el Estado y habilidad desplegada para obtener los mayores beneficios en la repartición del poder, y que espera, además, que quien gobierna resuelva como por arte de magia todos los problemas, confiriéndole así una aura mística y mítica, que sumada a la vanidad y ambición de quien ejerce el poder, alienta la consolidación de la figura del caudillo providencial y omnipotente.

Cierto es que la política no es necesariamente el camino hacia la santidad, pero tampoco es solo una práctica oportunista, sino un ejercicio de compromiso y participación en la construcción del bien común. La necesidad de la educación en valores cívicos y la nueva cultura política, imprescindibles para operar ese cambio cualitativo en las anquilosadas costumbres de nuestra historia, no significa que primero deba cambiarse la cultura política a través de la educación, para hasta entonces tratar de realizar el proyecto de nación, sino que este, en tanto propuesta sujeta a debate, pueda ser en si misma factor de educación transformadora en el propio proceso de exposición y discusión de sus contenidos. “Se hace camino al andar”, pero teniendo claro cuál es el camino que se quiere construir.

En todo caso considero imprescindible el esfuerzo colectivo para tratar de sacar al país del estancamiento en que se encuentra en su realidad política. No se trata solo del cambio de cúpulas o de personas, sino de la necesaria transformación del sistema actual de oportunismos, prebendas, caudillismo, providencialismo, culto a la personalidad, violación a la Constitución, por otro caracterizado por el respeto a la Constitución, la subordinación del poder a la ley, la independencia de poderes, la participación ciudadana, la justicia social, el empeño por el desarrollo de políticas sociales en educación, salud, empleo, la renovación de los liderazgos, la participación de la juventud, entre otros objetivos a alcanzar, plenamente conscientes de que esta es una labor difícil que requiere tiempo, decisión y sacrificio, pero con la plena convicción que solamente con un cambio cualitativo e integral en el quehacer político, se puede salir del círculo vicioso en el que el país está atrapado, obligado a repetir una historia en la que el futuro es el pasado que regresa.

Algunos podrán decir que esto es una utopía, y que utopía es el lugar que no existe. Podría ser, pero en todo caso conviene recordar que si no existe es porque no ha sido construido todavía.  

El autor es Jurista, filósofo y escritor nicaragüense.

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