Los Prescindibles

Cuando se traduce el título de una película del inglés al español, la ciencia del mercadeo tiende a desvirtuar y simplificar. Todo sea por vender. Por ejemplo, veamos lo que pasa con The Expendables.

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Por Juan Carlos Ampié

Cuando se traduce el título de una película del inglés al español, la ciencia del mercadeo tiende a desvirtuar y simplificar. Todo sea por vender. Por ejemplo, veamos lo que pasa con The Expendables. La traducción correcta de la palabra sería “prescindibles”. Se aplica a los protagonistas de la película porque son mercenarios, del tipo que los poderosos contratan para hacer el trabajo sucio. Si mueren en el camino, nadie pregunta por ellos. Son carne de cañón. Desechables. Pero eso suena deprimente. En nuestra taquilla, cuando se vende el género de la acción, no puede haber melancolía o duda. Por eso aquí son “Indestructibles”. Nada más lejos del espíritu de esta franquicia.

En el ocaso de su carrera, Sylvester Stallone se propuso rememorar sus glorias pasadas. Lo de “gloria” es relativo. Los Indestructibles pretendía capturar el espíritu de las películas de acción populares en la década de los ochenta. Hablamos de producciones baratas, con énfasis en una visión maniquea del mundo, alimentada por los últimos estertores de la guerra fría; películas como Rambo II (George P. Cosmatos, 1985) y Commando (Mark L. Lester, 1985). Cuando escapaban del imaginario militar, se introducían en escenarios urbanos de similar simplicidad. Buenos y malos, enfrentándose en escenas de acción, con un protagonista más o menos carismático. No hace falta capacidad histriónica. Solo músculos y habilidad atlética. Véase la obra de Jean Claude Van Damme. Estas películas usualmente iniciaban con los logos de Cannon Films, o Carolco Pictures. Se popularizaban a punta de casetes de VHS y repeticiones incesantes en los canales de TV por cable. El tiempo alimenta la nostalgia y, ahora, una generación las atesora como artefactos de la juventud perdida.

Stallone tiene mérito por identificar una oportunidad de negocios, y acometerla con entusiasmo. A pesar del título, las películas de esta franquicia no pretenden ser lo que no son. Los Indestructibles (2008) podría ser sacada de una cápsula temporal. Es conmovedoramente anacrónica, escenificada en una ficticia isla latinoamericana, gobernada por un dictador caricaturesco que apenas puede hablar español. Es dramáticamente elemental, exagerada y ridícula, con agudo desdén por la credibilidad. Sin embargo, hay algo conmovedor en su reunión de viejas glorias del cine proletario. Las rudas estrellas hacen su trabajo valientemente, curtidos por los esteroides y las hormonas de crecimiento, con el machismo de su musculatura temperado por la vanidad delatada por rostros planchados a punta de botox y cirugía. Sus días de gloria como reyes de la taquilla y señores del videoclub, irremediablemte acabados. Este es un último hurra antes del retiro final.

La secuela que ahora se estrena se parece más a una película de acción contemporánea, con efectos generados por computadora mal disimulados y edición a quemarropa que no se preocupa por ubicarnos espacialmente. Decenas son masacrados. Vemos el resultado, pero no importa realmente cómo suceden las cosas. Los veteranos abandonan cualquier pretensión de hacer algo nuevo (véase el intercambio de frases insignia entre Arnold Schwarzenegger y Bruce Willis). Y a propósito… ¿se le ha olvidado actuar a Arnold, o siempre fue así de malo? A la hora que sacan a pasear a Chuck Norris, tienen que recurrir a los chistes de internet que se han generado alrededor de su figura para justificar su presencia. La película se vuelve irónica, y funcionaba mejor antes, cuando era más bien honesta. El traspaso generacional también sufre. Jet Li desaparece con una vana excusa. En tan solo dos filmes, la franquicia se ha agotado. Este pozo de nostalgia era poco profundo. Solo Sly se la sigue tomando en serio. Ese espíritu indestructible, atrapado en una película desechable.

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