Cuando ocurre un accidente existe siempre la oportunidad de aprender lecciones, mucho más con este desastre industrial que costó la vida de más de cuarenta personas e incontables daños materiales, en la localidad de Punto Fijo, Estado Falcón, Venezuela, afectando un área de 19 km cuadrados. Está calificado hoy día como el desastre petrolero más grande de ese país en 80 años, así como uno de los principales a nivel mundial, solo superado por el de la plataforma Piper Alpha, en el Mar del Norte, 1988.
Lejos de darle un tinte político o criticar las circunstancias de ese lamentable siniestro, pretendo poner en perspectiva algunos hechos para que las empresas de Nicaragua, principalmente las que manejan hidrocarburos en su proceso productivo, puedan tomar acciones preventivas para evitar una tragedia a cualquier escala.
Todo apunta a que ha sido un evento que resarce el título de la novela del Gabo, Crónica de una muerte anunciada , puesto que la percepción, —aunque se pretenda obviar— termina invariablemente sustituyendo la realidad. En este caso, la apreciación revelada por medio de diferentes observadores calificados, es que PDVSA ha venido perdiendo acatamiento en los aspectos básicos de seguridad operacional, debido principalmente a factores de índole política —o politiquera— divorciados totalmente de la realidad de una industria inherentemente riesgosa, la cual requiere de reinversión continua de utilidades, procesos estrictos de selección y capacitación continua de personal del más alto nivel técnico, así como del mantenimiento y adquisición de tecnología de punta en un sector en el cual, no es solamente suficiente tener el dinero, sino también, las relaciones políticas internacionales para acceder a esas tecnologías.
La larga cadena de accidentes de PDVSA en la última década, otrora reconocida no solamente por la altísima calidad técnica de sus cuadros, sino también por lo estricto de sus prácticas de seguridad operacional, viene a dejar en harapos las argumentaciones esgrimidas por sus locuaces directivos, sobre las supuestas motivaciones ideológicas de quienes critican su desmarcamiento de prácticas preventivas, a quienes ellos etiquetan como enemigos de la revolución.
Para las personas que piensen aún como justa la posición de los corifeos del régimen venezolano, bastará ver el vínculo http://es.scribd.com/doc/104243267/Informe-Amuay en donde en marzo de 2012 fue conducida una Evaluación y Actualización de Riesgos (Risk Improvement Recommendations Update Report) para esa refinería en específico, (Centro de Refinación Paraguaná) por una prestigiada firma londinense de ingeniería petrolera QBE, cuyo monitoreo y seguimiento de las recomendaciones pendientes de cumplimiento, dejan jugando en bola de calcetín a sus exaltados y parlanchines ejecutivos, en donde —solamente a manera de abrebocas—, se señala que en 2011, hubo 222 accidentes, de los cuales 100 fueron fuegos declarados. Este es un documento estrictamente técnico, de un estudio solicitado por la misma PDVSA como asesoría para poder verse realmente al espejo. La precisión de sus señalamientos fue quirúrgica.
No menos reveladoras son las conclusiones del sumario ejecutivo de este informe, en donde se consigna que las paradas mayores de mantenimiento (turnarounds) han sufrido atrasos de uno o dos años, amparadas en torcidas “Evaluaciones Técnicas Operativas” (párrafo 3, pág 3 del informe), las cuales no son más que acomodadas justificaciones y pirotecnias verbales del por qué se elige no hacer nada; redimensionar el riesgo antojadizamente para no invertir, lo cual es también una decisión consciente cuya negligencia tuvo las hoy fatídicas consecuencias.
Adiciona dicho estudio técnico independiente, que el mantenimiento rutinario sufrió también una baja sensible desde 2009 —cuyos efectos se seguían sintiendo a la fecha del reporte— marcados principalmente por un mayor proporción de mantenimientos correctivos a preventivos (párrafo 4, pág. 3 del informe), siendo lo correcto la relación inversa, y por práctica estándar, el fundamento de la Confiabilidad Operativa Mecánica de la industria petrolera, hipersensible ante estas omisiones deliberadas. Al margen de las obvias consideraciones técnicas esgrimibles, es preciso mencionar que en seguridad operacional, una de las recetas más efectivas para el desastre, es la ausencia de un proceso administrativo estricto de rendición de cuentas. Al no haber consecuencias por los accidentes originados en la negligencia y abandono de prevención efectiva —en donde los manuales de operación y los estudios técnicos servían nada más que para una referencia cultural— no es de extrañar que un evento como el que ocurrió se haya presentado al fin. Lo que causa sorpresa y estupor es que no hubiese ocurrido mucho antes.
Cuando una empresa desatiende el mantenimiento preventivo —que hoy día en industrias de alta confiabilidad operativa está siendo reemplazado por el mantenimiento predictivo—, empieza a jugar conscientemente a los dados con la vida del personal y el público. Cuando el sistema de promociones y ascensos obvia y desprecia el conocimiento técnico, y el único mecanismo visible de escalamiento organizacional es el favor —personal o político basado en la obediencia sectaria y el servilismo— entonces se le brinda carta de ciudadanía y vía libre a la anarquía y la impunidad, a la normalizacion de las desviaciones y errores operativos, puesto que al ser nombramientos políticos, la responsabilidad de las consecuencias recae también en la misma autoridad política, responsable directa por hacer la designación fallida para dirigir la empresa.
Las lecciones saltan hoy a la vista con más de cuarenta personas muertas y desaparecidas, así como miles de millones de dólares en pérdidas materiales inmediatas en las operaciones de limpieza y reconstrucción.
Para aquellos que piensan ingenuamente en pólizas de seguro como un sustituto de la negligencia y el exceso de confianza, impericia e irresponsabilidad, es necesario recordar que hasta el día de hoy, ninguna póliza de seguro ha resucitado nunca a un ser humano, por eso, las empresas deben tomar como medida verdadera de prevención el deber de la reinversión continua en tecnología adecuada al riesgo de la operación que se maneja.
Una empresa lleva aparejada como en una moneda cada cara, que las utilidades que genera deben destinarse a disminuir integralmente los riesgos operativos que causa, y no en despilfarrar recursos en dádivas o en caprichos que alteran el esquema de exposición de riesgos inherentes a su proceso productivo, lo cual hace que la vulnerabilidad operativa se incremente exponencialmente.
El autor es Consultor en Seguridad Industrial
Ver en la versión impresa las páginas: 11 A