El resultado de las elecciones municipales lo sabemos todos, pero nadie quiere aceptar que nos enfilamos a la mayor derrota desde 1990. Independientemente de los responsables de esta condición, los dos grandes fantasmas volverán a ser reales y harán su trabajo: la división y la abstención.
Que el sistema electoral ha colapsado, creo que en eso coincidimos todos, incluso el Gobierno. Sin embargo, el problema de la oposición es más profundo que un problema de árbitro. La única forma de tener oportunidades en el futuro es cambiando el esquema actual. No se puede seguir culpando a la autoridad electoral del descalabro y de la inoperancia que vive la oposición. Tal como está concebida, no es opción para el país. Es terrible para mí aceptar esta realidad, pero es así. Muchas son las cosas a cambiar, pero yo me concentraré en cuatro temas:
En primer lugar, hay que resolver el tema del liderazgo. Tenemos que firmar un nuevo contrato político, que permita a las partes, aceptar un método común para ascender y descender del poder, sin traumas. Son inaceptables los dueños de estructuras que no compiten y mucho menos los máximos líderes vitalicios. La proyección del liderazgo debe estar relacionada con la empatía del candidato con la población y la forma en que este pone en la agenda nacional los temas sensibles. Para eso es el liderazgo, no para alinear y manipular las estructuras partidarias y así excluir a los otros candidatos.
En segundo lugar, para que esto funcione, los partidos políticos de la oposición deben organizarse de otra manera. Reproduciendo los cacicazgos nacionales, a nivel departamental y municipal, solo se agrava el problema. Sin estatutos modernos y sin enfrentarse al escrutinio de la población es imposible empezar a construir una nueva dinámica. Que ese proceso va crear fricciones, desde luego, pero lo hecho hasta hoy no ha funcionado. Solo enfrentándose al escrutinio de la gente, los nuevos liderazgos tomarán en cuenta a la gente. El otro camino es la demagogia, y el pueblo sabe que es eso: ¿nos hemos preguntado por qué la apatía?
En tercer lugar, es imposible hablar de democracia partidaria sin profesionalizar el partido y sus estructuras. Esta no puede estar a la orden de los candidatos antes de ser designados democráticamente. La estructura partidaria debe conservar su independencia durante la escogencia de los candidatos. Su razón de ser es que todos confíen en ella. Antes de la selección de los candidatos, la estructura debe tener una dirección colegiada, formada por personas de conocida independencia y honestidad. Únicamente, durante la contienda electoral, la estructura estará bajo las órdenes de la jefatura de campaña, designada por las autoridades y candidatos legítimos del partido. Sin este avance, estaremos condenados a que las estructuras partidarias sean una escuela de dictadores.
Finalmente, la gran discusión es, qué es primero, la propuesta al país o la resolución de los problemas descritos. Creo que ninguna propuesta al país va prosperar sin una dirección democrática y responsable. El desastre político nace en los partidos. Si continuamos, como lo hemos hecho hasta hoy, todo proyecto a la nación va a quedar restringido al papel. Siempre se impondrán los intereses sectarios y las ambiciones personales. No se quiere una nueva teoría de cómo resolver los problemas viejos o nuevos. Se quieren liderazgos decentes, legitimados por la gente, para hacer los cambios que se tienen que hacer en el país. Este es el camino para recuperar la confianza perdida, lo demás es demagogia. El autor es politólogo
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