Fue la corrupción, el nepotismo y el totalitarismo practicado por el entonces partido liberal nacionalista en el poder, lo que decidió a un puñado de patriotas en 1944 a separarse del PLN para fundar el Partido Liberal Independiente (PLI). Bastaron tres años desde su fundación para que, aliado con el Partido Conservador, se alzara con la victoria en las elecciones de 1947, las que hubieran llevado a la Presidencia al doctor Enoc Aguado, si no fuese porque le fueron robadas por Anastasio Somoza García, quien fungía como jefe del Ejército, imponiendo a Leonardo Argüello, quien a su vez fue destituido poco tiempo después. A pesar de ello al partido se siguieron uniend9 hombres y mujeres de honor y patriotismo, entre los que sobresalen el poeta Rigoberto López Pérez y los doctores Lacayo Farfán y Donoso Montealegre.
Por ello me preocupa que durante el reciente proceso de escogencia de candidatos he escuchado voces de protesta, que han llevado a algunos líderes a expresar que desgraciadamente el PLI de Rigoberto y del doctor Lacayo Farfán ya no existe y en su lugar subsiste un grupo de dirigentes cuyo único mérito es haber envejecido en él. Ante estas opiniones, no puedo menos que aceptar de que fue hasta las elecciones municipales del 2008 y las nacionales del pasado noviembre del 2011, que bajo el liderazgo de Eduardo Montealegre el PLI recuperó el carisma de antaño.
Pero los retos continúan y nuevamente nos encontramos enfrentados a otra dictadura que amenaza con consolidar su poder mediante otro fraude electoral, por lo que la responsabilidad de aquellos a quienes se les confió la conducción del nuevo PLI, es mantenerlo en la lucha pero dentro de los parámetros que nos marcaron los hombres que lo hicieron merecedor del respeto de los nicaragüenses.
El simple hecho de que existan líderes que cuestionen la conducción del partido que hoy es la esperanza de nuestro pueblo, es preocupante y debería de llamarnos la atención, ya que imponer candidatos trae irremediablemente el rechazo a los mismos por parte de la población, la que estaría viendo como los mejores hombres y mujeres propuestos por ellos son dejados a un lado. Considero que si en algunos municipios se actuó de esa manera, todavía es tiempo de rectificar, pues quedan por delante fechas en el calendario electoral que permiten hacer los cambios que la población reclama. Ignorar estos reclamos únicamente redundaría en el beneficio del partido de gobierno y no debemos olvidar que en estas elecciones no solo enfrentamos al orteguismo, sino que también el escepticismo de quienes en dos ocasiones consecutivas no han dudado en brindarnos su respaldo cuando se los hemos solicitado, convirtiendo con esto al PLI en la primera fuerza política de oposición. Si por cualquier motivo imitáramos los vicios que casi tienen extinguido al PLC, no solo estaríamos traicionando la memoria de sus fundadores y héroes, sino que también seríamos corresponsables de la consolidación del gobierno inconstitucional de Ortega, y en el futuro el pueblo podría cobrarnos caro este acto de soberbia y falta de democracia interna. El resultado de las elecciones en los municipios cuestionados nos dirá quien tenía la razón, por supuesto, siempre que los escaños se adjudiquen por votación y no por designación. El autor fue comandante de la Resistencia nicaragüense y actualmente es miembro del PLI.
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