Los rasgos característicos de la cultura política nicaragüense son el cortoplacismo, improvisación política, autoritarismo, intolerancia política, nepotismo, amiguismos, compadrazgo en las instituciones del Estado, corrupción en el manejo de los bienes públicos y la violencia que se alternan con los pactos entre caudillos. Un destacado analista político considera que el tema de los dedazos está ligado al caudillismo —es decir parte de nuestra cultura política— pero en este país los dirigentes políticos que están lejos de encajar en esta definición, designan de dedo a sus cercanos para garantizar supuestas lealtades partidarias. Recientemente comprobamos que el problema de los dedazos no solamente es cuestión del partido gobernante o de los caudillos. También hay deditos, porque al final los políticos —grandes y chiquitos— son iguales, víctimas de nuestra cultura política que les obliga a mantener su clientelismo político. Tienen que aprovechar que se triplicaron los concejales para incluir a sus más cercanos, para mantener supuestas lealtades. Porque está claro que no juegan a ganar, sino a “documentar fraudes” y colocar a los suyos, porque no hay cama para tanta gente. Recordemos que por una iniciativa del ejecutivo, el legislativo aprobó que los concejales se elevaran de 2,178 a 6,534 en los 153 municipios del país. También establece que los partidos políticos deberán presentar 50 por ciento para mujeres y hombres en la lista de candidatos para alcaldes, vicealcaldes y concejales.
Observamos por las cámaras de televisión las acusaciones del diputado Santiago Aburto, contra el presidente del PLI, Indalecio Aniceto Rodríguez, a quien responsabilizó de nombrar de dedo a candidatos en Terrabona. También leímos declaraciones del diputado Javier Vallejos acusando a Kitty Monterrey de nombrar de dedo, desde un escritorio, a candidatos en Granada, Matagalpa, Chinandega y Boaco. Al final, cesó la tormenta, todo quedó en familia. No importaron los deditos.
Los partidos opositores desfilaron ante el Consejo Supremo Electoral (CSE) para inscribir oficialmente a sus candidatos a alcaldes, vicealcaldes y concejales en los 153 municipios del país. Atrás quedó en el discurso “opositor” que no se debía acudir a los comicios municipales de noviembre próximo porque estaban los magistrados de facto del poder electoral, que según ellos, son los que fraguaron las elecciones fraudulentas del 2006, 2008 y 2011. El mismo caso fue con la propuesta de un sector de la oposición de no participar en los departamentos, pero sí a nivel municipal, para documentar otro fraude electoral.
Entre los opositores que se inscribieron resultó sospechoso que partidos pequeños lograran llenar la cuota del 50-50, porque en las pasadas elecciones de acuerdo al porcentaje que obtuvieron, se demostró que ni el tendido electoral y fiscales votaron por su partido.
Entonces, ahora estos políticos, ¿cómo pedirán a la población que acuda a votar si pasaron meses diciendo que no se debía ir a estas elecciones con los magistrados corruptos del poder electoral? Es interesante observar como nuestros políticos de “oposición” cambian con facilidad de opinión presentando argumentos poco convincentes. ¿Cómo irá a una campaña donde sus protagonistas son los mismos ideólogos y responsables de la crisis que hoy vivimos? ¿Será que los partidos tienen capacidad de resolver una crisis creada por ellos mismos? Porque esta crisis no es culpa solamente del presidente inconstitucional. Así lo llaman “los opositores”, como también ellos dicen que la Corte Suprema es de facto, poder electoral de facto, Fiscalía de facto, Procuraduría de facto, jefa policial de facto Pero el país sigue funcionando con normalidad. Los políticos “opositores” también son corresponsables de la crisis en que nos encontramos inmersos los nicaragüenses por su incapacidad de diálogo entre los denominados “opositores” que siempre están desunidos, así como el no presentar propuestas de solución a los problemas reales que vive el país, facilitando la permanencia del FSLN en el poder.
¿Dedazos y deditos? Al final, la sociedad nicaragüense sigue siendo rehén de una clase política tradicional, anquilosada, conformista, carente de visión de nación, insensible ante los acuciantes problemas nacionales, preocupados aparentemente por sobrevivir de un cargo en el Estado.
El autor es periodista
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