Mi vida como trabajadora humanitaria

Lourdes Ibarra 

Cada vez que llego a un nuevo lugar de trabajo, no duermo bien. He permanecido despierta en Irak, he dado vueltas en la cama en Sudán del Sur, he pasado noches sin dormir en Kenia y recientemente miré fijamente el techo en Afganistán. Lo que me mantiene despierta no es el zumbido del generador o los bichos arrastrándose en el suelo, sino la idea de si seré capaz de tener éxito como trabajadora humanitaria en otro entorno difícil. Para mí, ser trabajador humanitario es entregarse uno mismo para servir a los necesitados. Quiero hacerle la vida más fácil a quienes no tienen voz ni poder, víctimas de guerras o fenómenos naturales, en países donde las tensiones políticas y el conflicto hacen la vida “normal” algo imposible.

Pero proporcionar esa ayuda en crisis humanitarias complejas y confusas puede ser muy, muy duro. Incluso si tienes electricidad, buenas carreteras, suficiente dinero y el personal necesario, no es fácil organizar una operación de emergencia. Y aclaro que nunca tienes todas estas cosas. Tienes que improvisar, tratar de obtener bolsas de comida para miles de personas en comunidades remotas y aisladas que a menudo están afectadas por la inseguridad y desastres.

Debes tratar de mantenerte saludable también. Por lo menos aquí, en Afganistán, vivo en una casa y puedo comer frutas y vegetales frescos. Eso es un lujo si lo comparo con mi tienda de campaña, y el arroz y frijoles que comí durante meses en Kenia.

Te enfrentas a los obstáculos que habitualmente enfrenta todo gerente en cualquier trabajo en el mundo. ¿Está escuchando la sede central lo que realmente estás diciendo? ¿Estás recibiendo apoyo al más alto nivel? A esto debes sumar el hecho de que eres mujer y jefa, que eres la única mujer en la mesa de negociaciones y que debes reafirmar tu posición en una oficina formada por cientos de hombres listos para cuestionarte.

Pero estos asuntos palidecen en comparación con la gran cuestión: si tomas una mala decisión, muchas personas pueden morir. No podemos darnos el lujo de meter la pata. Cuando trabajé en el campo de refugiados de Dadaab en Kenia, vimos a miles de refugiados que llegaban desde Somalia el año pasado, huyendo de la sequía, del conflicto y la hambruna. Era claro que estas personas, especialmente las mujeres y los niños, necesitaban ayuda inmediata.

Según leyes locales, quienes buscan asilo deben ser registrados antes de que puedan recibir ayuda humanitaria, pero yo sabía que este proceso tomaría semanas y no teníamos tanto tiempo. Necesitábamos tomar una decisión rápida —ir en contra de la política usual del PMA— para distribuir comida temporalmente a refugiados sin registro. Estoy convencida de que al hacerlo salvamos miles de vidas.

A pesar de todos los desafíos amo mi trabajo, pero el apoyo más grande de todos proviene de mi familia y amigos en mi hogar en las Filipinas. Nuestros seres queridos son los héroes anónimos del mundo humanitario. Ellos oran cuando Afganistán está en las noticias, pasan horas en Skype llamando a Irak y mandan paquetes de ayuda a Sudán del Sur. Sin su apoyo incondicional, sería imposible luchar contra las probabilidades en el servicio a los necesitados.

La autora es Jefa de Oficina del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas en Afganistán.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí