Ernesto Cardenal contó un sueño cuando escribió el artículo “Entre Comunismo y Cristianismo”.
Un científico sostiene que cuando la criatura humana entra al reino de Morfeo, su cerebro no funciona a plenitud. Es invadido por fantasías a cual más disímiles y disparatadas, no se desplaza con la claridad e intensidad consciente cuando los ojos están magistralmente abiertos, cuando están prendidas todas las piezas de su capacidad.
Simplemente en el momento en que su asombroso universo duerme, está planificándose, organizándose, haciendo calistenia para estar listo cuando avive. Por ese proceso seguramente pasó Cardenal cuando al despertar contó la quimera que sintió auténtica en el momento del celestial reposo con la almohada
Yo no cuento con ninguna formación académica, filosófica o teológica (presumo ser autodidacta) para refutar su afirmación con el socorro de los nombres inmortales de la Biblia y de todos los que posteriormente aparecen en el desarrollo de la humanidad, aseverando teorías lejanas. Solo me baso en que no podrá existir nunca el comunismo que él plantea —todos lo mismo, sin identidad distintiva en el paraíso de la igualdad— mientras haya una criatura que se llame “ser humano”. Sin su indispensable participación, esa utopía jamás podrá viajar a la realidad. Ese ser desde que nace trae el pan propio de su individualidad acompañado de dosis —en unos más, en otros menos— de egoísmo, de la “mala levadura” que Rubén Darío, más fundado y verdadero le agrega en sus versos “poniendo los pies en la tierra”. Todo ese material heterogéneo —la gama de lo bueno y de lo malo— se lo dio la creación para que él lo administre de acuerdo a su conciencia y yendo más allá, a su “libre albedrío”.
El enigma para que tal catecismo sea implementado es “la persona humana”. Entonces para dar como un hecho al comunismo del laureado astronauta de la poesía, hay que contar primero con esa voluntad. Sin ella no puede ser factible. Pero los teóricos no cuentan en el análisis con ese temperamento difícil de unificar, realmente inexpugnable.
Maravilloso es insistir en el ejemplo de Cristo. Ni aún su sacrificio sirvió para modificar la conducta del hombre. Todo lo que dice Cardenal es utopía, es festín de entelequias. “Soñar no cuesta nada” aunque llegar a semejante afirmación es, como lo sostiene un versado opinante, un acto de irresponsabilidad, la demostración de un irracional pontificado.
El mismo cristianismo invita a los recién llegados a este mundo a ponerse su propio distintivo, la marca en la frente, cuando la mollera recibe las aguas bautismales. La terquedad de poner como cierta la igualdad solo ha servido para sembrar tiranías con la cosecha del sufrimiento en todas sus grises manifestaciones. El estado como rey desde el Olimpo de sus crestas y los súbditos arrodillados desde la llanura. En eso ha desencadenado lamentablemente el grito de la demagogia populista que, por el contrario, ha radicalizado la desigualdad. Sobran los patrones veraces de ese drama.
Marx es el calculador de la lógica, Cristo es el mártir que vino a morir por la humanidad. Para “el sentido común, el menos común de los sentidos” no suena lógico que ambos, tan distantes en la historia, sean lo mismo. Quizá esa uniformidad solo quepa en “las cumbres cósmicas” frecuentadas por la imaginación del poeta o desde la visión de sus sueños en la tierra.
El autor es periodista
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