El domingo pasado publicamos un amplio reportaje acerca del odioso y costoso culto a la personalidad del presidente inconstitucional de Nicaragua, Daniel Ortega, el cual fue elaborado por la periodista de LA PRENSA Amalia del Cid y titulado El hombre que quiere ser dios.
Se conoce que fue el exgobernante de la desaparecida Unión Soviética, Nikita Jruschov, también ya fallecido, quien usó por primera vez la expresión “culto a la personalidad” y la incluyó en el informe secreto al XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, que presentó el 20 de febrero de 1956, en el cual denunció los terribles crímenes cometidos por José Stalin durante su dictadura de mano de hierro que duró desde 1924 hasta 1953, cuando falleció oficialmente por causas naturales.
Pero el culto a la personalidad es un fenómeno político no solo del sistema comunista. Es tan antiguo como el despotismo y según algunos historiadores comenzó con la divinización de los césares o emperadores de la antigua Roma. Sin embargo el culto a la personalidad existía ya en la época anterior a Roma, en los antiguos imperios asirios y de los faraones egipcios.
Además, a lo largo de la historia el culto a la personalidad ha existido prácticamente en todo el mundo. Pero la humanidad ha evolucionado y en la actualidad solo existe en países que son muy atrasados políticamente y no han asimilado la cultura democrática, como son los casos, por ejemplo, de Cuba, Venezuela y Nicaragua en las Américas, de Bielorrusia en Europa, de Zimbabwe en África y de Corea del Norte en el Asia.
Tampoco el culto a la personalidad del gobernante es o ha sido característico de algún continente, país o nación en particular. En todas partes hubo gobernantes que se deificaron o que las masas los han divinizado. Afortunadamente esa aberración de la conducta humana desapareció en los países donde se fundaron y arraigaron sólidas instituciones democráticas, y ahora solo subsiste o surge como mala hierba en aquellos lugares donde la gente sigue siendo gobernada de manera despótica e incivilizada.
El fenómeno del culto a la personalidad y de los dictadores endiosados tiene distintos matices, según el país de que se trate, pero su patrón es universal: se trata de individuos con complejos de superioridad o de inferioridad y desmesuradamente ególatras; personajes mesiánicos que tienen o dicen tener grandiosas misiones que cumplir para hacer felices a las masas populares, por lo cual necesitan estar siempre en el poder. Generalmente son individuos estrafalarios e incultos, pero histriónicos y charlatanes. Y sobre todo son maniáticos políticos, lo cual los hace muy peligrosos para la sociedad y hasta para los miembros de sus círculos más allegados.
En países normales, los gobernantes son servidores públicos, administradores de los negocios de la nación. Son empleados de rango superior, pero empleados al fin. Ellos no deben aprovechar abusivamente los recursos del Estado para promover el culto a sus personas, y sobre todo, la gente no debería seguirles la corriente, pero tristemente hay muchos que lo hacen.
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