David Canda muestra la materia prima que utiliza para la creación de sombreros, los que realiza sentado en una silla, en el patio de su casa en Monimbó. LA PRENSA/C. HERRERA

Y vino la oscuridad

Los pronósticos que hace 20 años los médicos hicieron a David Canda se cumplieron una mañana del verano del 2000, cuando sus ojos dejaron de ver la luz.

Por Róger Almanza G.

Además de leer, David extraña ver nuevamente los rostros de sus amigos y familiares.
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Los pronósticos que hace 20 años los médicos hicieron a David Canda se cumplieron una mañana del verano del 2000, cuando sus ojos dejaron de ver la luz.

Más cierto que nunca. David se volvía ciego irremediablemente. “Como un eclipse total, cuando la Luna cubre al Sol y todo queda en penumbras”, así recuerda David esa mañana cuando en la cafetería de la universidad, mientras tomaba un café con sus compañeros, dejó de ver. Los colores, las formas y la luz se despidieron de él.

En Monimbó, Masaya, se le ve a diario. Como todas las familias de ese histórico barrio, también la de él es artesana. En el patio de su casa labora la fibra vegetal de palma real y junto con su tía crea sombreros y abanicos que luego venden en el mercado.

Pero más allá de sus manos mágicas que dan forma a un sombrero en 20 minutos, David es una referencia en el pueblo. Es todo un personaje.

Sin dirección alguna se puede llegar a su casa con tan solo preguntar ¿dónde vive David Canda? Todos lo conocen en Monimbó.

Se ha convertido en historiador y narrador de la vida de su gente, de su pueblo. Monimbó y las comunidades indígenas son su especialidad. Recientemente terminó un diplomado en derecho indígena y regímenes autonómicos, impartido por la Universidad de la Regiones Autónomas de la Costa Caribe Nicaragüense (Uraccan).

El mercado municipal de Masaya es uno de los puntos principales donde David y su tía llevan los abanicos y sombreros que trabajan.
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En medio de la penumbra en la que vive desde hace doce años, David llega hasta los alcaldes de vara y los consejos de ancianos de las comunidades indígenas de Monimbó, con ellos habla durante interminables horas, las que le aseguran preservar la tradición oral de sus antepasados.

Fachendea de su memoria. Asegura que después de quedarse ciego la memoria nunca le ha fallado y las entrevistas que hace le quedan grabadas de punta a punta.

Ha sido fuente para revistas locales que lo citan como historiador de Monimbó, una de ellas en la que participó es Monimbó Tierra Indígena y otra, en la que se encargó de su publicación, es Los alcaldes de vara .

Su casa suele ser un punto focal para estudiantes de secundaria, quienes llegan en busca de ayuda para realizar investigaciones o tareas sobre la historia de Monimbó.

“Les ayudo y es agradable que me busquen porque se siente bien saber que de alguna forma estoy transmitiendo mi trabajo”, comenta David.

A pesar de que en su tarea de conservar la historia de las tradiciones de Monimbó invierte mucho tiempo, no pretende dejar la laboriosidad en la que trabaja con su familia. “Ser artesanos es una tradición y dejar de hacerlo es renunciar a mis raíces”, dice David, mientras organiza las decenas de yardas de la fibra natural que le sirve de materia prima para su trabajo.

UN MOMENTO DE DESESPERACIÓN

Soplaba el café cuando pequeñas nubosidades molestaban su visión. Restregaba sus ojos sin ningún resultado. David recordó cuando uno de los médicos que lo atendió de niño dijo en voz alta: “Irá perdiendo la visión poco a poco y esto es irremediable”.

Miles de situaciones pasaron por su mente, mientras la visión se le hacía cada vez más oscura, ya la taza de café casi desaparecía frente a él.

La amplia cafetería de la Universidad Católica, donde estudiaba el tercer año de Filosofía, era el lugar que David vería por última vez.

Eran casi las 8:30 de la mañana y las clases estaban a punto de iniciar. La desesperación tocó por un momento a David y tuvo que contarle a un compañero lo que estaba ocurriendo.

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“No sé cómo me tranquilicé. Solo quería llegar al salón de clases, sentarme en cualquier pupitre y recibir la clase… luego vería qué hacer”, recuerda David.

Con ayuda de su confidente de ese momento llegó al salón. Se sentó en el primer asiento, donde nunca lo había hecho. Escribió a como pudo y cuando la clase terminó fue el momento de pedir ayuda y así regresó a su casa.

LA DECISIÓN

“Yo solo quería la oportunidad de terminar la carrera. En el fondo sabía que un día llegaría a perder la visión, pero le pedí tanto a Dios que me dejara terminar la universidad”, comenta David.

Su fe no flaqueó a pesar de que al parecer Dios no le escuchó su petición, ni cuando de rodillas oraba en su habitación del Seminario Menor y luego en el Seminario Mayor, donde estudió tres años para ordenarse como sacerdote. No la concluyó, pues la dirección del seminario no permite ordenar a ningún seminarista con una discapacidad, como la que empezaba a sufrir en silencio David.

“Chocaba con las paredes y mis compañeros seminaristas empezaron a notar… Tuve que decir lo que estaba pasando y desde ese momento ya sabía que no podría ordenarme. Fue duro porque siempre quise ser sacerdote”, dice David.

Su salida del seminario en 1998 —al que ingresó luego de su bachillerato en 1993— fue una decisión muy personal, pues aunque le pidieron que continuara con los estudios sacerdotales, “decidí retirarme porque jamás me ordenarían”, comenta David. Quizá hoy, al escucharlo hablar, se nota aún un cierto dolor al pensar que no logró convertirse en sacerdote.

Dos años después de su salida del Seminario Mayor una nueva decisión debía tomar. Retirarse de la universidad. “Fue más duro aún y mi familia lo sabe. No tenía con quién llegar, no quería ser un estorbo, no me sentía independiente y decidí dejar la carrera en tercer año”, cuenta David.

Los dos años siguientes fueron en plena oscuridad, no tanto por la pérdida de la vista, sino porque “sentí que perdía mi alma. Estaba deprimido”, recuerda David. “Fueron dos años en los que me enfrenté a la realidad, fue una lucha espiritual también, una batalla conmigo mismo”. Solía recordar el día que murió su padre y cuando nueve días después su madre se fue, dejándolos a él de 7 años y sus dos hermanos en casa de una tía y hasta el sol de hoy no sabe nada de la mujer que lo parió.

“Me daba miedo la discriminación y los prejuicios que quizá yo mismo tenía, pero sentí la bondad de Dios y salí de esa etapa”, cuenta David.

“AHORA SOLO HACIA ADELANTE”

Hoy por hoy, a sus 41 años, David no siente pena de haberse quedado ciego. Acepta que tiene limitaciones, pero “al final no me detienen”, dice David, quien jamás ha usado un bastón para ayudarse en el camino. “No me gustan los bastones, sé que me van a hacer burla (ríe), así es nuestra gente, nos burlamos de todo y de todos”.

Extraña mucho leer y recuerda que el último libro que leyó fue La vida de San Jerónimo , “creo que es lo peor de ser ciego, no poder leer, pero he desarrollado otras habilidades, ahora escucho mejor y siento la energía de la gente, incluso suelo darme cuenta cuando alguien me hace mala cara.

“El estar ciego ya dejó de ser algo que me entristece, lo he superado y de ahora en adelante solo veo o mejor dicho me imagino siempre hacia adelante”, afirma David.

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