Johanna Camacho Chévez
Cuando tenía 11 años, mi mamá tenía una comidería. Mi hermana de 13 años y yo le ayudábamos a cocinar y a atender a los comensales. Los domingos era el día de más trabajo, pero para mí, era mi día preferido.Desde el amanecer, nos levantábamos a las dos de la mañana para preparar los nacatamales y la chicha para la venta.
Los últimos nacatamales en preparar eran los nuestros, a los que dotábamos de “los mejores” ingredientes que íbamos apartando de la mezcla.
Mientras se hervían sobre el gran fogón de leña, mi hermana y yo salíamos al estadio de beisbol, cargando con dificultad un enorme perol lleno de la chicha con hielo. Alternábamos alegremente de lado, pues era tan pesado que se nos cansaban las manos. La vendíamos toda durante el juego.
Regresábamos cansadas y con la piel tostada por el sol, haciendo rodar el perol vacío con los pies por las bajadas del camino y haciendo sonar las moneditas de la venta en las bolsas de nuestros delantales. Sabíamos que nos esperaba sobre la mesa, calientito y humeante nuestro nacatamal. Nunca fui tan feliz.
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