Sinfónica joven

La Orquesta Sinfónica Juvenil Rubén Darío toma cuerpo, se viste de autoridad en sintonía progresiva con sus ensayos.

Joaquín Absalón Pastora

La Orquesta Sinfónica Juvenil Rubén Darío toma cuerpo, se viste de autoridad en sintonía progresiva con sus ensayos.

Poco conocida era su formación hasta que una noche en una sesión de música japonesa en el Teatro Nacional Rubén Darío, bajo la dirección de Ramón Rodríguez, mostró el arpegio de lo eficaz que podría ser en el futuro. Los venezolanos se sienten orgullosos de la suya. Nosotros podríamos labrar esa presunción.

Es ella la suma de valores jóvenes provenientes de cada una de las universidades que han disciplinado la enseñanza de la música superior, frutos de la propedéutica cardinal, del taller, del conservatorio, del “tarareo” vocativo en la intimidad…

Cuenta actualmente con 46 prospectos y con los instrumentos requeridos para calmar la sed de superación de la distribución sinfónica, donados por instituciones amigas del exterior, a través de una fructuosa campaña y con el introito inspirador del genio poético.

Vacano, un vivaldiano bautizado en las aguas de Venecia a quien entrevisté en 1970, vino aquí contratado por las autoridades de cultura de la época para organizar a la orquesta sinfónica nacional adulta que nunca hemos tenido, valiéndose de la congregación de los músicos más selectos que había. Lograda la meta se presentó oficialmente en nuestro teatro con solidaria concurrencia y robustas perspectivas. El concierto dirigido por el italiano fue un éxito. Pero pronto el plan se desvaneció. La orquesta tuvo la duración de una noche —¿el sueño de una noche de verano?— Cada integrante buscó los aleros de su destino anterior. Vacano me dijo:  “Mientras aquí no haya semillero, no habrá sinfónica”. Ya lo tenemos y se presentará este domingo a las 6:00 de la tarde en el Teatro Nacional Rubén Darío. Mostrará las galas acaso verdes pero en proceso de exitosa maduración.

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