Cada quien tiene su manera de matar pulgas, si por matar pulgas se entiende la forma personal de leer o releer un diario, folletos y revistas.
Constante lector de diarios, inicié esta afición, siendo estudiante de la Escuela Normal Franklin Delano Roosevelt, cuando leíamos “Flecha” de Hernán Robleto.
En LA PRENSA principié su lectura a partir de la página Opinión, mientras que en El Nuevo Diario comenzaba por Don Procopio y Doña Procopia, dos obreros ilustrados, los que al dispararse tanto hubo necesidad de nombrarles un moderador o guía que los llevara por los largos senderos de nuestra habla iberoamericana: laberinto de luces y sombras allá en Garcilaso, o acá, faro olímpico que a este lado de nuestras costas iluminara don Rubén Darío Sarmiento. Que cabeza de familia aún persiste en su hoguera.
Don Procopio y Doña Procopia no aparecen en el santoral de Benedicto Decimosexto, su estirpe es de otros suelos y distintos cielos. Habría que buscarlos en el fondo de nuestras raíces étnicas, las mismas que alimentaron al relator o moderador Onofre Guevara López, el que pasó del taller al atelier, de la lezna a la pluma, de la punzada a la punzada del lomo del contrito, hasta que las capas hendidas viertan lo que todo aspiramos sorber para seguir viviendo.
¿Que la letra entra con sangre? Falso, esto lo sabe muy bien Onofre por experiencia propia. Su cultura antilibresca no surgió de las aulas cerradas, sino de las calles abiertas. Viviendo largo y caminando presto, antes de que la luz solar pegara su último bandazo; ya que todo aprendizaje es cálido si se hace bajo la luz de las velas. Manuales sociales que los ojos queman.
Pero hay que avanzar a pesar de la censura patronal. Estos quisieran que Don Procopio y Doña Procopia se distanciaran para que cesen de criticar. Dizque ponen los dedos en la llaga, sobre esta patria solar que tanto admiramos, pero no es grato que se restrinjan las galeras sociales, a cambio de que lo auténticamente social, pase al basurero de la Historia.
Don Procopio y Doña Procopia, son un par de marginados y si Onofre les extendió la mano fue para que no se extraviaran en las grandes urbes. Las vías marcadas por la Policía son falsas, habrá que doblar siempre a la izquierda que allá —en el fondo— nos espera Onofre vestido de civil, civilista siempre aunque el vestuario aparezca repleto de trajes de fatiga.
Marx por menos, fue larga la pancarta que los patronos guindaran en el portal de los supermercados, ironizando la tragedia de los consumidores. Porque los mercaderes, convertidos ahora en banqueros son tan díscolos que se han apropiado de los templos y las barracas, de los santos y las limosnas.
Peregrino entre los peregrinos Onofre no ha dejado espacio sin recorrer. Don Procopio y Doña Procopia son sus agentes camuflados, y con ese don de múltiple ubicuidad pasan inadvertidos, tanto en la plaza de mayo de Buenos Aires como en la plaza Cibeles de Madrid, tanto en la favela de Río de Janeiro como en la Chureca de nuestra capital.
Don Procopia y doña Procopia son hermanos gemelos en sus acciones y nada tienen que ver con las torres gemelas de los Estados Unidos porque —juegan limpio— ellos saben perfectamente que el terror engendra terror, y que no es grato vivir en el clandestinaje expuesto a morir como delincuente o un simple criminal. Los directores de los medios de comunicación si son consecuentes con el establishment serán encargados de divulgar la noticia conforme los intereses ya establecidos.
Entonces lo saludable es seguir escribiendo como lo hace Onofre, sin compromisos ajenos, pero guardando siempre su propia libertad, redactando al son de su infortunio con los pasos que van a la periferia, la que en su pobreza espera al editor de ayer y al ensayista de ahora. Orientación Popular o El Nuevo Diario antes de que censuraran sus escritos.
Onofre es el lazarillo de Don Procopio y Doña Procopia, los que no cesan de hablar por los codos, de mirar por los ojos, de perseguir por los baches que dejan sus pasos de excelente reportero, traduciendo en forma objetiva las dichas y avatares de nuestra sociedad, dividida en clases, subclases y mendicantes.
Onofre quisiera para nuestra comunidad un alma limpia y sobria. Borrón y cuenta nueva clama el maestro Guevara frente al pizarrón de la noche rayado de constelaciones: la cruz del sur para el marinero en tierra, para el periodista de los pobres, para que la página de opinión cargada de contradicciones siga siendo la contraparte del reportero social, solito y solidario.
Que el socialismo quedaría a la saga si no corremos a la par de la tecnología. Y no me refiero a la Internet —juego de niños— sino a ese pequeño grupo de investigadores que la NASA nos puso ayer entre el cielo y la tierra: hombres extraterrestres o seres interespaciales. Con estos antecedentes debemos renunciar a los viejos textos en los tres niveles, y tomar como referente a los centros tecnológicos de Massachusetts y Monterrey.
Hoy tenemos augures para las grandes tormentas, mañana inventaremos detonadores para la paz. Caminamos, Onofre, a pasos agigantados —paso de animal grande— y a pesar del ruido de escopetas llegaremos a la única escuela perdurable, la escuela de la paz. A esa gran ilusión que hoy le daremos forma perdurable con el sudor de nuestras manos “cuando aprendamos a vivir como los astros, libres, y sin que nadie los alimente”.
Vasto es el legado de Onofre, juntó taller con atelier para que las grandes ideas tuvieran estupendo estilo. Sin embargo, hizo muy bien en publicar ese interminable diálogo de Don Procopio y Doña Procopia, inventariadores de nuestro orden o desorden cotidianos. Dar fe de todo lo que acontece entre el despotismo y la democracia, es decir, develar nuestros pecados veniales y capitales, los que nuestros sistemas políticos nos han impuesto.
Desde que Nietzsche expulsó a Dios de los templos, nos despestañamos buscándolo en todos los rincones. Somos, pues, sus herejes gratuitos. La larga y atronadora marcha de los infieles.
Sin embargo, a pesar de nuestras condiciones sociales, ahí vamos dando nuestro testimonio en cada partida, nuestras huellas dactilares en cada despedida seguros que los dos obreros ilustrados —Don Procopio y Doña Procopia— bajo la rectoría de Onofre Guevara López dejarán grabado en piedra los 1,500 escritos que hoy aparecen reunidos en este precioso texto.
Entonces ociosos, Don Procopio y Doña Procopia dormirán sobre una estera de laurel verde dándose así el sosiego que se merecían.
El autor es miembro de la Academia de la Lengua de Nicaragua
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