Por Eduardo Cruz
Cuando el reloj marca las 6:00 de la mañana, Luisa E. Pentzke Chamorro sabe que es la hora de levantarse. Abre los ojos y busca la claridad del día pero en muchas ocasiones, especialmente en los meses de invierno de enero y febrero, a esa hora el sol aún no se asoma en la comunidad de Lancy, en Ginebra, Suiza.
Todos los días de semana, de lunes a viernes, a las 6:40 de la mañana, sale de su casa para tomar un autobús del transporte público que la llevará a las afueras de la ciudad, donde trabaja ocho horas al día, y a veces más, en el Centro Médico Universitario.
Luisa, originaria de León, Nicaragua, tiene más de 26 años de vivir en Suiza y en todo ese tiempo nunca ha tenido un vehículo. No es necesario. El transporte público de ese país europeo es excelente, dice ella.
En su trabajo procura ayudar a las personas recomendándoles consejos para evitar el cáncer. Es especialista en citopatología clínica, es decir, analiza células del cuerpo para determinar las cancerosas. Al día emite unos 40 diagnósticos. Además, imparte dos horas de clase teórica y tres de práctica.
Su día laboral no siempre termina cuando finalizan sus tareas en el Centro Médico Universitario. Al menos una vez al mes, a las 6:30 de la tarde, Luisa se llega a sentar en un sillón del Concejo Municipal de Lancy. Ella es desde el primero de junio de este año 2012 la vicepresidenta de dicho congreso, donde se toman las decisiones más importantes sobre el desarrollo de la ciudad de Lancy, la tercera comuna más importante del cantón de Ginebra.
Suiza es un país relativamente pequeño. Unos siete millones de habitantes se tienen que acomodar en 75 mil kilómetros cuadrados, territorio que no todo es habitable debido a que la mayor parte son montañas. Es por ello que uno de los principales problemas de Lancy es decidir dónde construir y dónde no, porque se debe respetar áreas verdes, agrícolas, para parques y otros. Este es el tema principal que se debate en el Concejo Municipal de Lancy.
El Concejo está compuesto además por concejeros municipales que se agrupan en comisiones de cultura, urbanismo, desarrollo rural, de juventud, entre otras, las que una vez al mes se reúnen para tomar decisiones bajo la dirección de Luisa y el presidente del Concejo. Un concejo administrativo compuesto por tres personas se encarga de que se cumpla con las decisiones tomadas en el Concejo Municipal.
Luisa, que está en el congreso de Lancy por ser miembro del Partido Socialista de Ginebra, no recibe ningún tipo de pago por ocupar el cargo municipal, al igual que tampoco lo reciben sus demás colegas concejales. “Nos comprometemos en ese cargo por convicción”, explica la nicaragüense.
De Nicaragua a Suiza
El 29 de febrero de 1956, en el departamento de León, le nació la primera de cinco hijos al matrimonio entre el médico cardiólogo Manfredo Pentzke Torres y la señora Ligia Chamorro. La llamaron Luisa.
La pequeña heredó de su padre el amor a la medicina y en 1977 se graduó de tecnóloga médico en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN-León) después de estudiar toda la carrera en el hospital San Vicente de esa ciudad. Luego se casó con el también médico Óscar Flores.
Junto a su esposo, Luisa formó parte de la primera generación de becados por la Revolución Sandinista, cuando en 1981 se trasladó a Madrid, España, para especializarse en citopatología ginecológica en la Fundación Jiménez Díaz de la Universidad Complutense.
Por la beca ella y su esposo recibían 200 dólares al mes, lo cual era muy poco porque a Madrid se habían trasladado con sus dos primeros hijos, Gabriela y Óscar. Y la estadía en España les regaló a otro bebé, Javier.
La primera gran prueba de su vida le llegó en 1985, cuando pocos meses después de haber regresado a Nicaragua su esposo falleció producto de un infarto fulminante. Aunque estaba en su propio país, a Luisa le resultaba extraño cuando se vio viuda y con tres hijos de 7, 5 y un año.
“El curso de mi vida cambió radicalmente. Hoy pienso que me morí junto con mi esposo, solamente que yo me desperté al día siguiente y él aún está durmiendo. Con el apoyo de mi propia familia y la de mi cuñado, el doctor Donald Flores y de su esposa, y la ternura de mis pequeños hijos fui poco a poco saliendo de la oscuridad en la que me encontraba. Me di cuenta que debía seguir para adelante”, recuerda Luisa aún con tristeza.
Ella trabajaba en el Hospital de la Mujer Bertha Calderón, diagnosticando cáncer del cuello útero, cuando conoció a una joven suiza que había llegado a laborar al hospital Antonio Lenín Fonseca. Fue esta joven suiza quien le avisó a Luisa que había una plaza para que un estudiante latinoamericano estudiara un posgrado de citología clínica en Suiza.
Siete meses de fallecido tenía su esposo cuando Luisa aplicó a la beca y resultó elegida. En esta ocasión tuvo que separarse de sus hijos.
Debido a sus excelentes calificaciones, en Suiza le ofrecen trabajo, el cual Luisa acepta porque recuerda que en Nicaragua los salarios en los hospitales son demasiado bajos. Y, además, logra que sus hijos se reúnan con ella en Suiza.
“Un camino muy difícil”
A como le ha ocurrido a millares de nicaragüenses, que se ven forzados a vivir en otro país en busca de mejores condiciones de vida, Luisa debió sufrir la ausencia de sus seres queridos, las arduas jornadas de trabajo y de estudio, así como la dificultad de aprender un nuevo idioma, pero sobre todo ser aceptada entre una cultura muy diferente a la nicaragüense. Suficientes motivos para regresar al país y abandonar sus sueños. Para no desistir de su propósito, Luisa se aferraba a una sola idea: “Debía lograr el objetivo para garantizar el futuro de mis hijos”.
A Luisa el frío la mataba. El clima suizo es clima continental templado, con abundantes lluvias. El período de invierno se caracteriza por las frecuentes nevadas y la temperatura puede bajar hasta a menos 20 grados centígrados. El Sol sale a las 8:00 de la mañana y se oculta a las 3:00 de la tarde, sin haber calentado. “Este sol no sirve”, decía Luisa.
El frío físico no era lo más duro. Los suizos, cultura alpina, a Luisa le parecían unas personas muy encerradas en sí mismas y a ella se le hacía difícil el contacto social. Extrañaba el “buenos días, pase adelante” y el “¿qué vas a llevar mamita? Vení para acá” de los nicaragüenses.
De baja estatura, pelo negro, mujer, sola, dispuesta solo a trabajar y a estudiar y no a prestarse a otros tipos de actividades, fueron elementos que le construyeron un muro de obstáculo para que Luisa se abriera camino. Además, solo “machacaba” el francés y con frecuencia veía como los demás se reían de su pronunciación.
En ocasiones la abrumaban la montaña de libros que debía estudiar para seguir forjándose como profesional de la medicina.
El hecho de ser mujer le complicaba todo en un mundo dominado por varones, quienes no le perdonaban que llegara solo a trabajar y a estudiar y no a “otra cosa”.
También era estigmatizada por provenir de un país donde había una revolución pero que no daba respuesta satisfactoria a las necesidades de la ciudadanía. “Viví momentos de profunda tristeza. Derramé muchas lágrimas en noches muy largas”, recuerda Luisa.
Así se encontraba cuando conoció en 1988 a quien sería su segundo y actual esposo, Javier Alonso, un médico uruguayo que desde joven vivía en Suiza. Su nueva situación le ayudó a fortalecerse.
“Poco a poco fui integrándome en la vida de la ciudad, en la problemática hospitalaria, en las dificultades cotidianas, en las diásporas que tratan de integrarse a una ciudad multicultural, multilingüe, egocéntrica, que exige 12 años de residencia en el país antes de tener la posibilidad de optar a la naturalización, que solo se consigue después de tres años de haber introducido la solicitud. Iba también obteniendo cada vez más confianza en lo que podemos aportar nosotros los migrantes”, explica Luisa.
“Aquí se respetanlas ideas”
Luisa había vivido la guerra de insurrección en contra de la dinastía de los Somoza, pero no había tenido la oportunidad de conocer de cerca el proceso revolucionario que se vivía en Nicaragua.
En España vio como subió al poder Felipe González, secretario general del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) después que el país había estado bajo la bota del dictador Francisco Franco. “El socialismo en Europa no es como el de los países de América Latina o de Asia. Es diferente, es como un movimiento de gran solidaridad”, dice Luisa.
Enamorada de esa “gran solidaridad”, Luisa se integró en Suiza al Partido Socialista de Ginebra. Desde su posición como médico, en la que tiene la oportunidad de brindar servicio, Luisa se fue inmiscuyendo cada vez más en la política suiza.
En el año 2003, Luisa fue electa concejera municipal por primera vez en su ciudad de residencia, Lancy. Y ha sido reelecta como concejal en 2007 y en el 2011, por lo cual ahora lleva su segundo año en su tercera legislatura, la última, porque el Partido Socialista no permite más de tres períodos en el cargo.
Y desde el 1 de junio de este año es la vicepresidenta del Concejo Municipal de Lancy por un período de un año, al final del cual se convertirá en la presidenta. Es la primera mujer de origen latinoamericano electa en un parlamento suizo.
Si hay algo de lo cual Luisa vive admirada de la política en Suiza es del estricto respeto de la participación democrática. “Aquí las ideas se respetan, todos tienen voz y voto. Es un placer trabajar a nivel político en un país como Suiza”, asegura.
En la política suiza, indica Luisa, los políticos no se andan irrespetando unos a otros, sino que todos trabajan unidos en beneficio de los intereses de la población. “Hay diferencias políticas, pero son tratadas en su lugar, sin llegar a la personalización”, dice.
Por ejemplo, explica ella, en el Concejo Municipal de Lancy, el Partido Socialista tiene siete representantes, y partidos de extrema derecha tienen solo a uno, pero los que son más tratan con respeto a los que son menos y no les pasan encima. “Los ediles o concejeros municipales no recibimos ninguna remuneración económica, somos políticos benévolos todos, seamos de izquierda o de derecha”, agrega.
A pesar de la buena vida que ahora lleva en Suiza, Luisa no olvida su Nicaragua. “Ni las nevadas anuales, ni los bellos colores del otoño, ni la maravilla de las flores primaverales han sustituido en mí el olorcito del nacatamal leonés cuando uno lo abre un sábado para cenar en la casa, ni la delicia de comer y chupar un mango, una fruta que es exótica en esta área del mundo”, dice Luisa, mientras también añora el olor de la carne asada, el plátano maduro de la carne en vaho.
“Aprendí a vivir sin todo aquello que me ayudó a ser quien hoy soy, pero siempre me acompañará el profundo ruido del mar de Las Peñitas”, finaliza.
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