José Peraza Collado
Con este verso de Rubén Darío ejemplifico el estado anímico de la mayoría de los nicaragüenses. Hablando de esperanzas, en el mes de abril escribí en el Diario LA PRENSA las condiciones mínimas necesarias para que el Consejo Supremo Electoral (CSE) pudiese hacer una elección legal y legítima que satisficiera a todos los nicaragüenses. En esa ocasión señalé como mínimo siete cambios fundamentales para que la oposición participara en la próxima elección. Con la reforma electoral cosmética del Gobierno no se solucionaron ninguno de los problemas señalados. Por tanto, no hay condiciones para participar en dicha elección.
No obstante, el tema del CSE no es tan complejo. Básicamente, con la remoción de los actuales magistrados y la elección de personas honorables e independientes se resolvería gran parte del problema; con este primer escollo resuelto se cumplirían los acuerdos alcanzados entre las fuerzas políticas y, finalmente, se reduciría la discrecionalidad de que goza actualmente el CSE. Hasta aquí este tema, es más un problema de índole moral y de confianza que un problema institucional.
El tema de la oposición es más complejo, no solo de afrontar sino de solucionar. Para que la oposición se convierta en alternativa política debe abordar algunas realidades:
Los únicos partidos realmente opositores son el PLI y el MRS. Ambos constituyen las versiones no acabadas de la modernización del liberalismo y del sandinismo. Su propuesta no pasa por volver a sus raíces ideológicas o a sus antiguos métodos de lucha. Todo lo contrario, su único camino es reinventarse para encender la llama de la esperanza. En esta coyuntura no es posible hablar de unidad, para reducir la abstención sin una alianza entre ambos.
El MRS, por sí solo, es el menos indicado para convocar a la unidad de las fuerzas no sandinistas. Sin embargo, su talante en la lucha, su claridad para identificar las amenazas a la democracia y su consistencia entre el discurso y la práctica lo vuelven un aliado indispensable para la recuperación y fortalecimiento de la democracia.
Sin la atracción de los viejos integrantes del PLC, tampoco hay unidad. Los decepcionados y desgranados del viejo liderazgo del PLC son parte de la abstención y desunión, que hoy increpa el triunfo de las fuerzas emergentes. Sin la conexión con el viejo liberalismo víctima de la represión de los años ochenta, constructor del Estado y promotor del progreso, no hay unidad.
Con las estructuras actuales del PLI, debilitadas por la división y desorientación, no se puede enfrentar al FSLN en una contienda desigual; por tanto, ilegítima. Se requieren otros métodos, porque se alteró la voluntad popular: más audacia e inteligencia y menos testosterona; más ciencias estadística, informática, tecnología y economía; y, principalmente, nuevas inspiraciones más valor, más ética y verdadero respeto a las libertades.
Finalmente, sin la integración de los jóvenes sin partido, organizaciones de la sociedad civil, personas independientes, grupos minoritarios, intelectuales, gremios y empresarios no es posible construir una propuesta nueva que una de “vigores dispersos”, y que dé contenido a la oposición. Lo nuevo no va salir de la nada, va a nutrirse de lo viejo, va a crecer al filo de contradicción y de la negativa de los que no pueden ver el futuro con claridad. Pero esta unidad no va a ser una suma de entidades separadas. Tendrá que ser una suma de propuestas, contradicciones e ilusiones responsables y controladas sobre el futuro. Los números no mienten, una oposición creíble y unida no tiene problema para vencer al FSLN.
El autor es politólogo.
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