Cuando Plutarco hace muchos siglos tuvo la feliz ocurrencia de escribir sus vidas paralelas, en las que incluyó la vida de Alejandro y César, expresó que no abarcaba todas las hazañas de ambos personajes “porque no escribimos historias sino vidas”. Nosotros, en sentido contrario, vamos a hacerlo al revés, vamos a escribir, aunque sea brevemente la historia de estos personajes y no sus vidas, porque de las hazañas de ellos hay muy poco o nada que contar.
De Tacho Somoza se dice que nació en bucólico ambiente, pletórico en pájaros, animales domésticos y aves de corral. San Marcos se llama la bonita aldea y augurando promisorios días para el vástago recién nacido a la finca en el enclave se le conoció como “El Porvenir”. De Daniel Ortega, la historia cuenta que vino al mundo en un pueblo humilde, pero con pretensiones mesiánicas, ya que había adelantado entre sus hijos a un futuro cardenal. Cerca de donde se produjo el advenimiento de Daniel abundaba el verde por lo intenso de la vegetación y unas minas del dorado metal, por lo que los arúspices aseguraron que el primogénito de la familia llegaría a tener un desmedido afán por los petrodólares de verde color y por las monedas de oro como las del rey Salomón. La Libertad, ¡Oh, paradojas de la vida! Se llama el villorrio donde nació el usurpador.
Tacho Somoza, enemigo declarado del trabajo agrícola, desde muy joven se trasladó a la capital en busca de mejores horizontes, ya que la sola idea de ser finquero le aterrorizaba hasta más no poder. Lo mismo le ocurrió a Daniel, cuyas apetencias por la fama y el dinero estaban divorciadas con su condición social. Ambos, cada cual en su momento, comprendieron que había que estudiar para salir de la mediocridad y el uno se fue raudo y veloz a Filadelfia (EE. UU.) donde aprendió inglés —idioma que le sería de mucha utilidad en sus futuras correrías—, mientras el otro se inscribió en la sementera de la burguesía local, el Instituto Pedagógico de Managua, donde nadie sabe cómo entró ni cuándo salió.
Como Tacho y Daniel fueron malos estudiantes, cuando llegaron a la mayoría de edad tuvieron que “pulsearla” para sobrevivir: el primero se dedicó a falsificar moneda en la histórica ciudad de León y el segundo, con elásticas piernas y una buena disposición para correr asaltó una lechería, con tan buena suerte, que el celador tuvo mala puntería y no dio en el blanco con él.
Tanto Tacho como Daniel eventualmente decidieron lanzarse a la política, ya que era el vellocino de oro que andaban buscando para alcanzar dinero y poder. El primero escogió al PLN como pantalla para sus fechorías y el segundo al FSLN. En sus trayectorias ambos registran muchas cosas en común: su infinito amor por la moneda imperialista (el dólar) y su apasionada vocación por el poder; maestros de intrigas palaciegas ambos llegaron a escalar los más altos rangos en la jerarquía militar, el uno General y el otro Comandante, sin que se conozcan las batallas o las ejecutorias en que participaron para merecer tal distinción; ambos han practicado la magia negra manipulando escandalosos fraudes electorales en los que resulta siempre ganador el perdedor, que a la postre resultaban ser ellos mismos para mantenerse en el poder; los dos han sido coleccionistas en grado superlativo de casas (piñateadas); automóviles (último modelo); radioemisoras y canales de televisión; tienen también la propensión enfermiza de tener su guardia pretoriana llámese GN, o Ejército Nacional y lo que es peor: ambos se han caracterizado por tener un desprecio absoluto por las leyes y la Constitución, de tal guisa que las han hecho de hule para acomodarlas a sus intereses coyunturales o de ocasión.
De todo esto se deduce que de nada sirvieron los miles de mártires que se sacrificaron en la cruenta guerra de liberación, porque “Ortega y Somoza son la misma cosa”, y que la famosa Revolución es la estafa del siglo en los anales de nuestra Historia Nacional.
El autor es Secretario General de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).
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