Redacción Domingo
Petra no parece real. La ciudad brota, gigantesca y rojiza, de la roca. Cualquiera diría que es una ilusión óptica. Un sueño. O un holograma. Petra no parece real. Pero está ahí desde hace más de 2,000 años. Desde que a los natabeos, una hacendosa tribu árabe, se les ocurrió hacer lo imposible. Y excavaron para el mundo el mayor tesoro de Jordania, país de Asia. Lo hicieron unos 600 años antes de que Jesucristo caminara sobre la Tierra.
Se llega a la ciudad a través de un estrecho cañón llamado Siq, que mide un kilómetro de longitud y está rodeado por acantilados que se elevan hasta 80 metros. Al final de ese camino rocoso, el visitante vislumbra la imponente estructura del Tesoro de Petra, llamado Al-Khazneh. Una fachada de 40 metros de alto por 30 de ancho, llena de columnas y relieves.
Hasta el siglo VIII, Petra fue una ciudad muy importante; sin embargo, el cambio de rutas comerciales y varios terremotos hicieron que sus habitantes la abandonaran. Cayó en el olvido y fue redescubierta en 1812, es por eso que hoy se le conoce como “La ciudad perdida”.

Desde el 2007 está en la lista de las nuevas siete maravillas del mundo moderno, junto al coliseo romano, en Italia; la Gran Muralla China; el Cristo Redentor, en Brasil; las ruinas de Machu Pichu, en Perú; Chichén Itzá, en México, y el Taj Mahal, en la India.
Sus 500 casas, maltratadas por el tiempo, el Tesoro y el teatro, de 800 peldaños y con capacidad para 3,000 personas, son genialidades de la ingeniería antigua que retan a cualquier estructura moderna.
Si usted desea visitar Petra, recuerde que el mejor momento para recorrer sus edificios es la mañana, cuando la luz multiplica la belleza del lugar. Si no quiere atravesar el Siq caminando, puede alquilar un carruaje tirado por caballos. Cuando llegue a la ciudad, puede alquilar un burrito o un camello y de paso contratar un guía. Apúntese en la aventura de su vida.

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