José Adiak Montoya
Algunos me preguntan qué se siente cuidar de un asesino. No respondo mucho. Qué tal si el asesino cuidó primero de mí. Es ahora extraño recordar todos los eventos que me llevaron a hacerme cargo de este hombre, de alguna forma mi vida siempre estuvo ligada a él, ahora no veo ninguna dificultad en tenerlo cerca, realmente fue lo que siempre deseé.
Lo veo ahora, tan distante al hombre que dicen que fue, digo dicen porque aunque estuve presente y de alguna manera formé parte de todo, para mí siempre ha sido esencialmente él, siempre el mismo, un hombre cuyos crímenes fueron empujados por querer cruzar la frontera del amor, por querer transgredir a una región donde solo encontró soledad.
Tal vez fue a causa de que él siempre había sido una sombra, tal vez porque aquel rostro pálido envuelto en un luto perpetuo nunca había estremecido a nadie, en aquellas perdurables calles de lodo, ninguno vio hincharse a la bestia dentro de su cabeza, tal vez había sido eso.
Se levantaba dentro de su soledad cada día a la luz de los atardeceres, hasta que rostros nuevos y ajenos a su rutina demoledora comenzaron a poblar su cabeza delicada, hasta que sus horas muertas lo hicieron pensar demasiado, decidirse, aunque nunca había tomado grandes decisiones, a conquistar sus deseos grotescos, a envolverse en las fantasías crepitando en su mente.
Su vida fue una negrura, no podría abandonarlo a la suerte de sus días cuando todos piensan que es un monstruo del que hay que huir. A veces me reprendo a mí misma por no haber visto crecer en su cabeza esas ideas bizarras que lo llevaron a hacer lo que hizo.
Tal vez yo pude haberlo detenido, aunque tal vez, siendo la niña que era también pude haberme unido a su plan maligno por muy increíble e imposible que pudo haber resultado la idea de atrapar un ángel de verdad. Sin embargo lo más extraño es que de cierta forma lo logró
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