Luis Alvarenga
La ciudad era, pero Managua se llamaba.
Ahí el hambre de sembrar paisajes
saltó a derribar
las columnas del mar.
Gula de acentos,
de lenguajes túrgidos
en cada alba,
seduce a mis mástiles
la ciudad que fue
deshaciéndose en mis pies.
Sueño con partir,
parto para no dejar de soñar,
seas hoy la amada Lutecia,
doncella de ojos de licor celestial, de oliva griega,
o amanezcas entre las olas,
la nueva desnudez milenaria
al ojo sediento que vierte
lágrimas, licor de los sueños.
Justo en la era del amante de las ciudades.
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