Por: Tania Sirias
Las hojas secas del camino abren paso a los jóvenes que integran el Ejército Popular Sandinista (EPS). El sol está cayendo. Aún no son las seis de la tarde, pero en la montaña oscurece más temprano, recuerda Blanca Araica, quien se fue a la lucha armada al cumplir los 14 años. Está tan oscuro que no alcanza a ver los dedos de sus manos. Tampoco siente frío, pese a que ha cruzado ríos y quebradas.
Su cuerpo está agotado de caminar todo el día por veredas, esperando no ser encontrados por la Contra. Su temperatura está caliente y tiene una sed que le quema la garganta. El jefe de la escuadra les dice que descansen, mientras ella busca un tronco donde recostar su humanidad.
“Me dormí sentada con el rifle entre las piernas”, narra Blanca. El sueño en la montaña es corto, antes de aclarar el día escucha la voz de mando que deben avanzar. “Me despierto y trato de levantarme, pero mi mano se hunde en una piel lamosa y helada”. Sus compañeros de lucha le dicen que no haga bulla, es una boa que duerme. “No le tenía tanto miedo a las balas como le temía a las culebras”, dice a carcajadas. Los jóvenes siguen avanzando por la vereda en busca de los enemigos de la revolución. A sus 47 años, Blanca Araica dice que ahora tiene las mismas fuerzas para luchar, esta vez por su derecho a una casa, salud y a una pensión digna.
LA GOLPIZA
31 de mayo 2012. Un grupo de retirados del Ejército protesta frente a la Asamblea Nacional en demanda de una Ley de Veteranos de Guerra. Además, que se cumplan los acuerdos de Sapoá, cuando miles de alzados acordaron dejar las armas y ponerle fin a la guerra nacional de los años ochenta.
Entre esos retirados se encuentra don Francisco Miranda Silva, quien se integró al EPS en 1982. Ahora tiene 65 años, cinco hijos que mantener y una pensión de lisiado de guerra de apenas 2,600 córdobas mensuales
“Es necesario que el Gobierno apoye nuestra causa. Nosotros dimos nuestra juventud en el primer período de (Daniel) Ortega, por eso me duele como la Policía nos disparó”. Miranda narra que primero estuvieron en la Asamblea Nacional esperando que se firmaran acuerdos entre el presidente del Consejo de Defensores de la Patria, Carlos Ramírez y el presidente de la comisión de Gobernación, Filiberto Rodríguez.
Al no lograr un consenso, pues no se incluyeron los beneficios que demandaban los más de 22,500 afiliados de esta organización, Ramírez decidió realizar un tranque en la Carretera Norte, cerca del Aeropuerto Internacional.
“Estábamos de manera pacífica porque la gente iba de pasar y pasar. Nuestras armas eran las manos, así que no había razón para la presencia de antimotines. De pronto solo sentí el humo de las bombas lacrimógenas y el golpe en la cabeza”, expresa don Francisco.
Toda su juventud se quedó en los BLI (Batallones de Lucha Irregular), fueron años duros porque la mayoría eran jóvenes y sin experiencia. “No sabíamos qué hacer, ya que todavía no habían escuelas de preparación militar”.
El BLI de Blanca Araica fue emboscado el 24 de mayo de 1984 en Susucayán, Nueva Segovia, donde ella resultó con un balazo en la cabeza y charneles en la pierna izquierda. Estuvo en coma durante varios días, sin embargo meses después de su recuperación se integró a la lucha armada.
Afirma que 11 años en el Ejército solo le dejaron una pensión de limosna de 700 córdobas. Ella es otro caso más de los 22,500 veteranos de guerra que demandan ser incluidos en los programas sociales del Gobierno.
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Don Francisco recibió ocho puntadas al lado derecho y nueve puntadas a lado izquierdo de la cabeza. Con el rostro ensangrentado, todavía le aplicaron llaves en el cuello y lo arrastraron hasta una gasolinera. Los protestantes lucharon con la Policía para evitar que este fuera arrestado.
“Unos de los compañeros que fue sanitario en la guerra me colocó una camiseta en la cabeza para evitar que me desangrara y morir ahí mismo en el pavimento”. Según la placa médica realizada en el hospital regional de Matagalpa, don Francisco tiene fracturas en el cráneo y esto le traerá consecuencias futuras.
Don Francisco vive en Matagalpa, en una comarca llamada Molino Norte. Su casita forrada de láminas de turbanel plástico negro y unas láminas de zinc le sirve para albergar a parte de su familia. En su patio ha sembrado café, esperando sacar un dinerito en octubre, mientras se ayuda con una pulpería provista de unos caramelos, papel higiénico, jabón y otras cosas más.
Esta venta la “levantó” con un préstamo que le hizo un particular, pues visitó financieras de préstamos, entre esas Caruna, pero no es sujeto de crédito por no contar con un empleo fijo. La mayor parte de su pensión se va para pagar el préstamo, cuya cuota es de 2,000 córdobas, así que le quedan 600 córdobas para darle de comer a su familia.
LOS GRANDES SE HAN SERVIDO
“Este hogar es católico”, se lee al entrar a la humilde vivienda de don Félix Amador. Le cuesta emitir palabras, ya que el humo de las bombas lacrimógenas recibidas el pasado 31 de mayo le ha provocado asma. Confiesa que toda la semana se ha sentido mal, le duele la garganta, le ha dado fiebre y tiene dificultad para respirar.
Su familia reza para que mejore de salud, pero las paredes de lámina de zinc no ayudan. A lo lejos se escucha la quebrada a la que bajan para recoger agua. Unas sábanas viejas dividen el cuarto donde caben tres camas improvisadas de troncos de madera, un televisor pequeño y una grabadora.
“Me fui al hospital regional para que me atendiera el médico, porque dicen que Gustavo Porras dio la orden que nos atendieran a los retirados, pero me revisaron y el medicamento que me enviaron no había. Me dijeron que ellos no podían hacer nada, entonces para qué engañan a la gente”, cuestiona este hombre de 55 años.
Comenta que él fue a Managua para protestar en demanda a los acuerdos firmados con el Gobierno donde dice que ellos tienen derecho a un lote de tierra, una vivienda digna. Lamentó que desde los años noventa, cuando decidieron dejar las armas, el Gobierno no ha hecho nada por mejorarles las condiciones de vida.
“A los grandes le han servido, pero nosotros que fuimos los escuderos de la revolución nos hacen de menos y si protestamos nos mandan a agredir, a como pasó con el compañero Francisco, a quien rescaté de los policías y lo llevé al hospital”.
Don Félix combatió en Jinotega, en Zompopera, Quilalí, El Cua, Bocay, donde muchas veces su vida corrió peligro.
Lo triste de su historia es que ni siquiera tiene una pensión de guerra, a pesar que recibió un charnelazo en el estómago y tuvo que ser operado. Para subsistir se dedica a cultivar la tierra y hace “rumbitos” para mantener a sus cinco hijos, esposa y un nieto. Comenta que lo único que le ha dado el Gobierno han sido unas láminas de zinc, pero el terreno le costó a él.
“Queremos que nos indemnicen a los retirados del Ejército con una pensión, a como todos aquellos cargos mayores que se acogieron a los Planes de Licenciamientos (PL1, PL2 y PL3), porque a nosotros los soldados no nos dijeron muchas gracias el día que salimos”, dice don Félix con la voz entrecortada.
DE VENDEDOR AMBULANTE
El jueves fue un día perdido para Cristóbal Ponce, ya que dejó de percibir los 150 córdobas que gana como vendedor ambulante en la terminal de buses en Sébaco. El médico le recomendó que se quedara en casa, pues le acababan de retirar los puntos de la cabeza.
El pasado 31 de mayo fue herido por los antimotines en la protesta que hacían los retirados del Ejército. Comenta que recién el triunfo de la revolución, tenía 13 años de edad y es cuando decide irse a los batallones de la milicia. A los 17 años tuvo que cumplir su Servicio Militar Patriótico (SMP) y siguió en la lucha armada donde fue herido de bala en la mano y recibió un charnel en la pierna.
En 1990 se desmoviliza e ingresa a la Policía y en 1999 pide la baja de la institución del orden. Desde entonces se ha dedicado a la venta informal para mantener a su familia, por lo que ahora demanda una pensión digna.
Ponce recibe una pensión como lisiado de guerra de apenas 500 córdobas mensuales, 300 utiliza en pago de alquiler de la casa de tablas y ripios donde vive junto con sus cinco hijos. Ahora se siente mal por el servicio que le dieron a la patria, pues lo único que le ha dado el gobierno de Ortega es una fractura en el cráneo. Lamenta la saña con la que fue golpeado por quienes fueron compañeros de institución.
Han transcurrido 22 años del fin de la guerra, tanto Blanca como don Francisco, Félix y Cristóbal, héroes anónimos de este país, demandan el cumplimiento de beneficios a los retirados del Ejército Popular Sandinista. Aquellos que gritaban ¡Un solo Ejército!, hoy gritan al Gobierno por una vivienda digna, salud, programas sociales y una pensión que les permita sacar adelante a su familia.
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