Algo salvaje

La tercera entrega de Madagascar llega cuatro años después de su antecesora. La incesante repetición del modelo de franquicia que ha adoptado la industria hollywoodense supone seguridad de la inversión, a costa de pagar en agotamiento creativo. Viene una cuarta Era del Hielo , y Buscando a Nemo ha sido convertida a 3D. Madagascar 3 confirma lo peor de esta tendencia, pero se desvía hacia la solución.

Por: Juan Carlos Ampié

La tercera entrega de Madagascar llega cuatro años después de su antecesora. La incesante repetición del modelo de franquicia que ha adoptado la industria hollywoodense supone seguridad de la inversión, a costa de pagar en agotamiento creativo. Viene una cuarta Era del Hielo , y Buscando a Nemo ha sido convertida a 3D. Madagascar 3 confirma lo peor de esta tendencia, pero se desvía hacia la solución.

El león Alex (Ben Stiller), la zebra Marty (Chris Rock), la jirafa Melman (David Schwimmer) y la hipopótamo Gloria (Jada Pinkett Smith) siguen varados en África, mientras los pingüinos escapan a Montecarlo para hacer fortuna en los casinos. Hasta allá viajan los animales, con la ilusión de escarmentar a los fugitivos y tomar su avión rumbo al añorado zoológico en Nueva York. Pero se atraviesan en el camino de la Capitán Chantal Dubois (Frances McDormand), agente de sanidad animal con una colección de trofeos en la pared de su casa con espacio libre para una cabeza de león. Ante su implacable persecución, el tren de un circo itinerante se materializa como el refugio ideal.

Es una pobre excusa para una trama. La película no pierde tiempo para armar aparatosas secuencias de acción y persecución que nos distraigan de ese hecho. La edición frenética y 3D es una mezcla fatal. El ojo apenas puede discernir la información que se le presenta cuando ya cortamos a otra toma igualmente breve. El efecto es agotador y alienante. Insistentemente se repiten los trucos que han funcionado en el pasado. En la segunda parte, una de las escenas más apreciadas por el público mostraba al rey de los lemúres (Sacha Baron Cohen) bailando y cantando I Like to Move It , un éxito de música house. Ahora, el lémur baila gratuitamente Gonna Make You Sweat de C+C Music Factory, Wannabe de las Spice Girls, y un par de cosas más que mi memoria ha borrado piadosamente. Dubois imita a Edith Piaf cantando Je Ne Regrette Rien , un número motivado sin duda alguna por el popular bio-filme La Vie en Rose (Olivier Dahan, 2007). Estos son desesperados intentos por reconfortar al espectador con referencias de la cultura popular.

Para mi sorpresa, la película empieza a funcionar cuando la subtrama del circo domina la narrativa. El amargado tigre Vitali (Bryan Cranston), la jaguar con ambiciones de trapecista Gia (Jessica Chastain) y la desesperada foca Stefano (Martin Short) se roban la película. Cada uno ostenta un acento continental: ruso, rumano e italiano, respectivamente. Las caracterizaciones son tan bien elaboradas que hace palidecer a los protagonistas, harto conocidos y reducidos a colecciones de manerismos. Hay genuino costo emocional en el dilema central, conectado con la obsolescencia del circo. Y hasta el ritmo de la película se controla. El excelente trabajo de animación y diseño empieza a apreciarse. Lo mejor es una secuencia que rinde sutil homenaje a la clásica alucinación alcóholica de Dumbo (1941). Sobre un fondo negro, los animales ejecutan sus números como volando por los aires. La animación adquiere una cualidad casi abstracta, y por una vez, el 3D puede apreciarse sin que parezca un borrón en movimiento. Improbablemente, Fireworks de Katy Perry sirve de fondo musical. Funciona. El problema no es la repetición y fórmula, sino como se aplican.

Madagascar 3 empieza como una pesadilla, pero termina como un modesto triunfo. La segunda mitad es probablemente lo más memorable de toda la serie. Dejémoslo ahí, Dreamworks . Hay que retirarse con dignidad.

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