Me dijeron que cada columna del nuevo parque que tienen los capitalinos denominado Alba, representa a cada uno de los nueve países que componen ese club inventado y financiado por Chávez. Entre ellos hay países reconocidos como Cuba, Ecuador y otros más pequeños como St. Vincent and the Grenadines.
Si este club es un invento de Chávez, tiene su base ideológica: solidaridad, fraternidad, antimperialista y más.
No le veo nada malo que el Gobierno mande a construir un monumento en homenaje al Alba, y que las columnas lleguen al cielo. Sin embargo, en esa dialéctica entre el espectador y el monumento, algunos creen que ese monumento es “perecedero”, otros creen que su semántica simbólica durará lo que dure el presidente Chávez en el poder. Después caerá en el olvido.
El problema que causa malestar, fricción e inconformidad es que las columnas las levantaron donde todavía está fresca la sangre de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Adicionalmente, cambiaron el nombre del sitio y le pusieron en letras grandes: “Parque del Alba”. Se mira ilógico y un poco irracional construir un parque sobre otro parque que se hizo por mandato de un decreto de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional en noviembre de 1980. Tampoco no es remoto que en algún escritorio del poder público ya esté firmado otro decreto que diga que “se construya el ‘parque del Alba’ en el mismo sitio”. ¡No es nada raro!
Entonces, una vez que se derrota a Somoza, surge el memorial en homenaje a Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Mártir de las Libertades Públicas, como un compromiso para promover valores democráticos, y para decirle al mundo que Nicaragua ha pasado de una dictadura a un Estado de Derecho; era para decirle al mundo que la salud nacional estaba sana, vigorosa y robustecida para hacer una Nicaragua pujante, habitable y más amigable.
La muerte de Pedro Joaquín impactó tanto a la conciencia nacional que la indignación llegó a sus límites, y se tomó la decisión de terminar con la dictadura. A Pedro Joaquín lo enterró su pueblo con una bandera humilde y barata de las que llevaba el pueblo en sus manos. Su lucha solitaria, frontal, cada día su vida se escurría a la muerte, denunciando los atropellos de la dictadura de Somoza en foros internacionales, a través de LA PRENSA y libros.
Mientras tanto, en un rincón del mundo, Gregorio Selser, biógrafo de Sandino, se decidió a escribir un largo homenaje a Pedro Joaquín, publicado como Prólogo en su libro Estirpe sangrienta: Los Somoza. Al final del prólogo Selser dice: “ si la parábola de la historia cumple su derrotero, su sangre estaría destinada a conjugarse con la de Zeledón y Sandino”. Y agrega: “La historia de su patria rescatará su lucha como una de las páginas más dignas de la resistencia”. Por esa razón, su pensamiento, sus valores morales, serán siempre las nueve o cien columnas de la vocación democrática del pueblo nicaragüense.
El autor es escritor concheño.
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