Si hay una fecha en que la mayoría de los nicas sentimos vibrar nuestros sentimientos más íntimos y dulces es el Día de la Madre, cuando procuramos acercarnos a nuestras progenitoras para expresarles nuestros afectos. Si tenemos la dicha de tenerlas en vida, seguro es que las visitemos o nos comuniquemos con ellas; si ya han partido, será un día de especial recordación.
Estos sentimientos y conductas obedecen en buena medida a un fenómeno innato y consustancial a nuestra supervivencia en las primeras etapas de la vida: la fuerza del apego que establecemos con quienes nos crían y satisfacen nuestras necesidades físicas, afectivas y psicológicas desde nuestra más temprana niñez hasta convertirnos en adultos autónomos.
En ello la madre juega un rol de primer orden y se convierte así en uno de los seres más significativos en nuestra existencia, un refugio y patrón de referencia en la vida diaria. Los estudios psicológicos apuntan a que las personas que tuvieron un apego satisfactorio, serán adultos con personalidades más seguras y mayores capacidades para enfrentar los retos.
La entrada saludable a la vida adulta está marcada por la autonomía afectiva y vital de la persona, pero el apego, aun cuando naturalmente disminuye, tiende a mantenerse como un sentimiento fundamental en todas las etapas del ciclo vital; valga una referencia: a un amigo de 75 años, casado, con hijos y nietos, se le murió su mamá que ya andaba por los 95 años y cerca de tres años de encontrarse en un estado comatoso, sin comunicación interpersonal; al visitarlo dándole las condolencias por el fallecimiento, me dijo: “Sabés ¿qué sentí cuando murió mi mamá? (Sentí) como que me habían quitado el techo”.
Es decir una sensación de desamparo, a pesar de que la madre era ya una señora necesitada de soporte total para su supervivencia e incapacitada hasta para comunicarse hacía varios años, viviendo en casa de una hija encargada de su cuido.
La fuerza de este vínculo madre-hijo es lo que convierte la celebración del Día de la Madre, en una de las fechas de mayor arraigo y simbolismo en nuestras efemérides nacionales y en las efemérides mundiales.
En todos los países del mundo y en todas las épocas y culturas encontramos conmemoraciones dedicadas a celebrar a las madres y la maternidad, y además, siempre han sido festejadas con especial solemnidad y alegría.
La cultura popular en la expresión: “Parece que ese no tuvo madre”, para referirse a alguien que comete acciones repudiables, reconoce la importancia de este vínculo afectivo para el desarrollo de personas socialmente integradas.
Obviamente el mercado, como toda necesidad humana encontrará en ello ocasión para promover el consumo en la venta de regalos a mamá y por eso algunos rechazarán la celebración del día; grupos de activistas también lo repudiarán por considerar que es expresión del sometimiento de la mujer a labores domésticas y de crianza (quiero decir que asumo la posición de que padres y madres tenemos el mismo deber compartido en la crianza y cuido de los hijos y del hogar).
Otros, pensaremos en que además del cariño, respeto y cuido permanente, merecen un día especial de conmemoración. Las fechas simbólicas son claves en la cohesión de los grupos humanos, en especial esta que refiere a una relación tan íntima y emocional, como lo es el binomio madre-hijo, soporte fundamental de la estructura de personalidad de cada ser humano y de las diferentes culturas.
Como diría el buen Güegüense: “¡Matateco dio Mispiales Nonantzin!” (¡Dios te bendiga madre!)
El autor es psicólogo Social
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