Por Amalia del Cid
Desperté alarmada por los susurros de Gabriela, mi compañera de cuarto, que con labios pálidos y voz temblorosa me dijo: “Levantate, que hay un hombre adentro de la casa”. Calculo que eran las 4:40 de la mañana, porque los registros de las primeras llamadas telefónicas que hicimos comienzan a las 4:42. Fue el domingo pasado, 20 de mayo del 2012, el día que perdí mi último residuo de fe en la Policía Nacional.
Estábamos solas. La noche anterior dos de los cuatro inquilinos de la casa decidieron dormir en otra parte y nuestra única compañía era una perrita blanca y peluda apenas más grande que un gato. Fueron sus ladridos los que delataron al intruso. Sus ladridos y el sonido de la puerta principal que se abría de golpe. Tras romper la cerradura, el hombre atravesó la cocina y el corredor. Había dos microondas, una cocina y un tostador. Había una refrigeradora y dos planchas. Había un tanque y un televisor. Pero él no buscaba qué robar. Caminó directamente a las habitaciones traseras.
Su voz etílica nos llegó desde el otro lado de la ventana de persianas. “Señoritas, aquí hay un hombre. Abran la puerta”.
Eran palabras serenas, respetuosas incluso, al punto de lograr sembrar la duda: ¿Qué es lo que está pasando aquí? Fue entonces que el hombre comenzó a dar empujones para forzar la puerta. Y, como si de algo sirviera, nosotras hacíamos contrapeso con nuestros cuerpos, temblando como gelatina que se lleva a la mesa. Yo buscaba en mi teléfono celular el número de emergencias de la Policía. Ese bendito118 que creí podía ser la salvación.
—Señoritas, abran la puerta…
—¿Qué querés? ¡Andate de aquí, hijo de puta!
—Hacer el amor.
Ya no había duda de cuáles eran las intenciones del intruso. Nos quería violar.
Para entonces ya me había declarado incapaz de recordar el 118. Así que pensé en quién de mis conocidos podía estar despierto a esa hora. Eran cerca de las 4:45. Llamé a Alfredo y a Ernesto. Y a gritos les pedí que dieran aviso a la Policía. El hombre quitó una persiana de la ventana y jaló la cortina para observar el interior del cuarto. Gabriela apagó la luz y nos quedamos a oscuras, esperando la ayuda que nunca llegó.
Pero Alfredo y Ernesto sí pusieron la denuncia: “En la dirección tal, del barrio tal, un hombre quiere violar a dos muchachas”. Lo supe unos quince minutos más tarde, cuando el intruso ya había huido y pudimos salir de la casa. Con la cabeza fría, marqué dos veces el 118, para preguntar si pensaban o no enviar una patrulla. En ambas ocasiones me contestó Lucía, una joven que hablaba con desgano e interrumpía la conversación para hacer comentarios triviales a sus compañeros de trabajo.
—¿Ajá?, ¿me decía…?
—Pregunto que si van a enviar la patrulla. ¡Un hombre nos quería violar!
—¿Y lo logró?
—No, no, no… Pero la Policía no vino. ¿Van a venir?
(Pausa de medio minuto para platicar con los compañeros)
—¿Aló?, ¿me escucha?, ¿va a venir la Policía?
—¿Ajá?, ¿me decía…?
—Quiero saber si van a venir a tomar las huellas.
—Yo le recomiendo que mejor se traslade al Distrito Siete, para poner la denuncia.
—Sí, sí. Ya me dio el número. Pero pusimos la denuncia hace una hora, ¿por qué no han venido?
—Entonces voy a pedir que manden una patrulla. Tranquila, ¿oye? Nosotros la vamos a ayudar.
Durante dos horas esperamos la patrulla que no apareció. Y en medio de mi rabia me puse a pensar en cuántas otras personas seguramente han corrido con menos suerte que nosotras cuando su única esperanza fue la Policía Nacional.
Lo que vino después fue una mañana de tortura, en la que tuvimos que dar tres veces nuestra declaración en el Distrito Siete de la Policía. La primera fue la peor. Nos atendió el oficial 13742, que con una risita burlona preguntó: ¿Suponen o están seguras de que las querían violar?
A media tarde, al fin llegó un equipo a tomar las huellas dactilares; pero a la fecha seguimos a la espera de algún avance en las investigaciones. Esperamos, igual que lo hicimos la madrugada en que tuvimos que dejar nuestras vidas en manos de Dios y de la suerte.

Ver en la versión impresa las paginas: 16