Barack Obama se ha convertido en el favorecedor más poderoso de “la diversidad sexual” en el mundo, por su posición de presidente de Estados Unidos, hasta el extremo de conseguir las palmas del ejecutivo de Cuba.
Los seres que cantan ese himno lo celebran con el júbilo liberado de la timidez. Las luces de la meca del cine quisieron tocar el cielo cuando llegó a Los Ángeles abrazado por cenas millonarias de cuarenta mil dólares por boca, y quién sabe de cuántas más de ese extravagante nivel.
En lo particular no merece justificación y tampoco reproche por su definición. Eso corresponde al discernimiento privado de cada persona, aunque la suya difiere de este concepto por ser un alto representativo de su sociedad. Lo que no podría admitirse es la pompa otorgada a los actos que no deben salir de la alcoba, mucho menos ser “punto clave” del crucial evento.
Lo dijo por la conveniencia de sumar votos o porque ¿de corazón bendice la unión entre dos almas del mismo sexo? Responder a esa pregunta le toca el pulso a los analistas consagrados en la prueba del vaticinio. Otros, ajenos a la suspicacia pueden creer que el hombre que arrojó la bomba sea visto en el fondo como un amante de oficializar las pasiones entre dos con los mismos instrumentos sexuales, con el depósito público de un beso que para algunos será normal, y para otros escalofriante.
¿Apagará su luz? Se ignora qué cifra tendrá dominio en el instante en que la conciencia individual esté expuesta en “el rojo vivo” de las urnas, si la de los que están en la línea de respetar la diferencia en el sexo, o la de los simpatizantes de la emancipación de la heterosexualidad, que parecen crecer abrumadoramente en una civilización desbordada por tener un ángulo amoroso distinto proclamado con pancartas y delirios carnavalescos como una conquista de los derechos humanos.
Independientemente del Obama que acabamos de conocer, debo aludir al que el mundo conoció en el estreno de sus aspiraciones. Aquel, distinto de este, cautivó con su voz tronante y la alegre presunción de un cambio tan deseado por los estadounidenses que ya no querían respirar los malos olores de los republicanos. Ese estilo de convencer con su discurso no se repetirá. Simplemente en el trayecto de su mandato se deteriora. La caída ha sido causada por varios factores dentro de los cuales está la pérdida de influencia de su partido en el congreso, precisamente por la mengua de la adhesión, lo cual refina una soledad sentida en la Casa Blanca.
Fue audaz con el mensaje de la mudanza irradiado por la oratoria y el carisma de un color distinto en los salones del poder. Todo eso fue atractivo, pero el cumplimiento no se dio y el “más de lo mismo” pone en duda la posibilidad de palidecer el matiz del arrebato.
Aunque se mantenga la tendencia de optar por “el mal menor” entre dos que llevan la estampa de reflejarlo, en esta elección no habrá la atracción de la anterior en cuanto a vislumbrar o tener la ficha “capaz de darle la vuelta al calcetín” en un sistema como el de Estados Unidos, donde los latinos —voto importante— no recibirán el beneficio de la paz migratoria.
El de ellos, uno de los tantos problemas por resolver.
El autor es periodista.
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