Freddy Blandón Argeñal

Ni confrontación ni confabulación

Hace algunos meses llegaron a mis manos las obras del maestro Alejandro Serrano, en las cuales se condensan sus escritos filosóficos y políticos; edición que fue auspiciada por el Consejo Nacional de Universidades en ocasión de celebrarse en el año 2008, los cincuenta años de la conquista de la autonomía universitaria.

En uno de sus capítulos referidos a la “Teoría de la Democracia y los Derechos Humanos”, se plantea con el trabajo establecer un nexo conceptual entre la ética y la política, y por consiguiente, su nexo con la democracia; al entenderse a esta no solo como un sistema político, sino también como un sistema de valores. Y de ahí la afirmación que la política, en cuanto a su organización y comportamiento, debe estar sometida a un conjunto de normas reguladoras de su conducta, es decir, sustentada en la ética y subordinarse a ella.

El tema de la política y la ética, no desde el punto de vista filosófico apuntado anteriormente, ha cobrado notoriedad en nuestro país cuando se ha abierto un debate político a partir del anuncio del PLI de emprender negociaciones con el actual Gobierno, y por consiguiente, desarrollar un “diálogo político”.

En ese contexto, encontramos planteamientos de líderes políticos de la oposición que establecen que sería un “encuentro” entre el Gobierno y la oposición para sobre todo conversar sobre la “urgente necesidad de volver al Estado de Derecho”, pero enfatizando que “no se sentarán con Daniel Ortega para buscar una repartidera”. Sin obviar otras declaraciones provenientes de la misma oposición, que avizoran conforme su análisis, que el diálogo puede convertirse en una “farsa y una burda manipulación con fines de consagrar formas de opresión o privilegios minoritarios”.

También hemos escuchado otros planteamientos provenientes de líderes religiosos de la Conferencia Episcopal, que de forma prudente señalan que el objetivo del diálogo “debe ser el bien común, no el hecho de buscar prebendas”. Y otras que provienen de la dirigencia empresarial gremial, que plantean que un diálogo entre el FSLN y el PLI, “es prioritario, para que el país encuentre la senda de la vuelta a la institucionalidad democrática del país”, siendo categóricos al afirmar, que “dialogamos o nos hundimos”; aludiendo a la importancia que tiene el diálogo para alcanzar la estabilidad política y mantener la estabilidad económica y social del país.

A este debate tampoco han escapado los medios escritos, donde se advierten posiciones en las cuales por un lado se “tipifica” éticamente el diálogo, cuando se afirma que “para que aquí en Nicaragua un acuerdo entre políticos sea calificado con el ya peyorativo término de ‘pacto’, este tiene que satisfacer única y exclusivamente intereses personales o políticos de los pactistas, y nada más”, y por otro, que el ambiente político que prevalece en relación al diálogo es la “incertidumbre, temor y desconfianza”.

Ese “debate” nos hace reflexionar a los ciudadanos sobre la importancia que tiene fundamentar el “diálogo” en la ética conforme lo explica la filosofía, lo plantean los líderes de la oposición, lo orientan los obispos y lo recomiendan los dirigentes empresariales. Pero además, sobre la necesidad que tenemos como nación de salir de las trampas históricas de enfrentamientos y pactos prebendarios que nos han atrasado por siglos, para evitar en palabras del maestro Serrano, dos extremos: “la confrontación y la confabulación”; los cuales se podrían evitar sin equívoco alguno, respaldando plenamente un diálogo entre los líderes de la oposición y el partido de gobierno, sustentado y desarrollado con visión e interés de nación.  

El autor es Máster en Derecho Público.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí